Política y subjetividad
Entrevista inédita a Héctor Schmucler
MARÍA MORENO
Respuestas meditadas sobre la vida cotidiana y los dilemas de la
militancia revolucionaria en los setenta pocas veces discutidas.
También sobre lo excepcional, lo no interrogado de los
represores.
A comienzos del año 2000 realicé un centenar de entrevistas a
militantes de las organizaciones armadas de los años setenta (ex
presos político, sobrevivientes de los campos de concentración,
exilados). Había propuesto a la Beca Guggenheim un ensayo sobre la
sexualidad en la revolución. Pronto me ganó el temor de no estar a
la altura. ¿Cómo articular el complejo de Edipo con la lucha de
clases? (entonces era una especie de afiliada al estudio a las
cansadas de Freud y Lacan). Los casetes se arruinaron, volviéndose
inescuchables. Pero nuevas tecnologías (a lo mejor, el buen uso de
algún líquido conocido y un cepillo girable) los volvieron a la
vida, soltando los testimonios valientes y estremecedores que,
aunque el género parece agotarse, no dejan de dar sorpresas. Este es
uno de ellos, y en ocasión de la salida del libro
La memoria, entre la política y la ética, de Héctor
Schmucler, el querido y admirado “Toto”.
Héctor Schmucler: Creo que pensar en la subjetividad dentro
de la militancia política ayuda a pensar lo político. No es
una otra cosa. Y es uno de los problemas de subirse a la
política. Los politólogos, los historiadores, los estudiosos de la
política, se colocan en la situación de objetividad en la que parece
que el sujeto actuante no es más que un instrumento de hechos, de
teoría o de proyectos más generales. Y esto no es falso. El
militante político –me refiero al del período del que estamos
hablando; no del militante político de 2003, sino del militante
político de los años 70– fue lo que fue no solo por adhesión a un
proyecto, sino porque ese proyecto atravesaba su cuerpo, y su vida
cotidiana estaba teñida de ese proyecto, que a su vez teñía su
propia existencia. Quiero decir, la entrega total a un proyecto
revolucionario, por llamarlo de alguna manera, que era el rasgo más
significativo de la época. La acción política no se separaba de su
propia vida. Los militantes no vivían el conflicto en su casa, con
su mujer, con sus hijos, con su suegro, con quien fuera y
además
hacían política, sino que estaban condicionados por la política y, a
su vez, la manera de hacer política arrastraba todo en su vida.
Entre paréntesis, qué bueno sería hablar de la cotidianidad de los
represores. No para ponerlos en algún lugar, sino porque a ellos les
pasaba lo mismo.
María Moreno: Pero no tenemos acceso.
Claro que los represores que tienen mucho para decir tal vez callen
para siempre porque se empiezan a morir. Yo creo que un capítulo
importante que hay que escribir es pasar por esos testimonios. Y con
testimonios no quiero decir de autocrítica ni de mea culpa.
¿Cómo definirías testimonio, sobre todo, los de los
represores?
Como el relato de sus recuerdos, inducidos por el escritor, o sea,
procurando la visión de cada uno, de cómo vivió determinados hechos.
Claro que siempre hay testimonio de otra cosa. No es en sí.
Esa es la diferencia entre el testimonio y la ficción. La idea misma
del testimonio es relatar, dirían antiguamente en la historia, lo
que vieron y oyeron, cómo se vieron y oyeron desde sus propios
actos.
Los testimonios que se circunscriben a lo jurídico deben ser
muy precisos y probatorios. Con los militantes que hablé durante
estos años, fueron habilitándose zonas de relato. En los
noventa, si alguien decía que había tomado un caldito en la
ESMA, se oía como una colaboración.
El testimonio nació en el espacio de lo jurídico y es valioso en ese
espacio, pero en cuanto a la comprensión de los hechos, debería
procurar aunque sea la visión de cada uno –lo cual no quiere decir
que sea la verdad, sino la manera en que se logra que cuente su
visión de aquellos actos de los que participó–. Ese me parece el
sentido más fuerte del testimonio. ¿Qué quiero decir? En caso de que
alguien invente, más allá de lo que solemos inventar habitualmente
en la vida, un testimonio puede ser falso. Por eso se habla de falso
testimonio, y existe el riesgo de tener que desecharlo, pero no
porque a uno le guste o no, sino porque no se puede certificar en
cuanto a los hechos que alguien dice haber vivido.
¿Notaste cambios en la manera de testimoniar a lo largo de los
años?, ¿que se habilitaban más cosas para decir?
Trabajé durante varios años, más de dos o tres. Ahora, ¿en qué
medida uno influye en el testimonio? Puede haber alguien contando su
versión de las cosas frente a un interlocutor que interroga, y el
papel del que interroga es tratar de empatizar en determinados
puntos. Depende de lo que se pretenda buscar, no la verdad sino el
problema al que quiere referir la escucha –y esto lo saben los
psicoanalistas y los antropólogos–, que ayuda a afinar una manera de
inducir cierta manera de hablar del testigo.
¿Qué buscabas al principio?
No estaba muy claro qué buscaba. Tenía sentimientos que en mí se
disparaban en mi propia experiencia previa de militante, antes de
dejar la militancia. Pero lo que realmente influyó fue la
desaparición de mi hijo. Yo empecé a hablar con los sobrevivientes a
partir de la desaparición de mi hijo. No sabía que había
sobrevivientes. Creo que mi primera interlocutora fue Lila. Cuando
ella llegó a México, sin sorpresa ni tampoco previéndolo, supe que
era alguien que había estado en la ESMA. Ahora se dice normalmente,
pero en el año 77, 78, era conmovedor. Era una palabra prácticamente
impronunciable. El solo hecho de saber que había gente que después
de haber pasado un período en un lugar como ese había salido
conmovía todo razonamiento previo. Ya cuando publiqué “Testimonio de
los sobrevivientes” se habían reproducido testimonios en España, por
ejemplo. Y yo había hecho varias entrevistas. Eran sobre todo
lecturas, pero no eran solamente lecturas. Ni era solo un drama lo
que me motivaba, sino el interrogante final de qué había pasado con
mi hijo. No les preguntaba a los sobrevivientes de la ESMA, porque
sabía que él no había estado allí. Me movía un elemento
político-existencial por el cual tenía la sensación –y lo digo así
porque no podía decir que era pura razón– de que había cosas que las
declaraciones políticas no agotaban.
Yo sabía que los militantes, sobre todo los montoneros, llevaban la
pastilla de cianuro. En la historia de los revolucionarios del
mundo, se suicidaban por distintas razones; una de ellas, en el
límite de arriesgar delatar hechos y personas que afectaran a la
organización revolucionaria. Esto es un clásico. Yo no conozco casos
en que sistemáticamente lo hicieran. En el caso de los montoneros,
no era el gesto heroico y de convicción, sino que era uno de los
datos de la militancia. Es comprensible que un tipo piense, estando
convencido de su militancia, con la entrega absoluta a una idea o a
un proyecto, que, si está dispuesto a dar su vida en un
enfrentamiento, por qué no dar su vida por no perjudicar a una
organización a la que ha entregado su existencia. Ahora no sé cuánto
ocurría, pero ocurrió no sé en qué cantidad: cuando la patota
agarraba a un militante en la calle, lo primero que hacía era evitar
que tomara la pastilla. Y acá hay una punta literalmente casi
religiosa: “Le robé mi cuerpo a los represores”.
Todo esto merece una cantidad de consideraciones, de sentido, de
lugar, no importa, o sí importa, pero no en este caso. Uno de los
hechos llamativos era qué ocurría cuando efectivamente lo salvaban.
Lo llevaban a un campo de concentración y el tipo que había
regresado de la muerte se encontraba en el lugar más terrible, donde
lo torturaban salvajemente, pero ya no había muerto. Esto
nadie me lo relató, pero me lo imagino. ¿Qué ocurre cuando –y la
misma víctima tal vez no lo sabe– dejó de estar muerta y ve que
puede seguir con vida? Esto es un drama sustancial. ¿Por qué?
Digamos esto que suena un poco frío: si un tipo quería morir, podía
ser que la desmesura de la tortura le hiciera perder el sentido, y
hubo gente que no sobrevivió porque se enfrentó con el represor
sin sonrisa, sin una palabra, sin nada. El que hacía esto
moría. Esto constituye un ser humano excepcional. Cuando digo
excepcional no quiero decir bueno.
Pero, si no moría, lo retenían por distintos motivos. Sacarle
información no habían podido. Entonces podía ser considerado un
objeto de culto al que había que cooptar.
La mayor parte en la ESMA. Allí existió el máximo de colaboración.
Los exilados los llamaban “traidores”. Pero ¿traidores a qué? El que
resistía hasta morir es un ser humano excepcional, no digo que bueno
o malo. Estoy hablando de la gente que pasó durante un período por
un campo, no de la que largaban al día siguiente. No todo el que
entraba ahí murió. Estamos hablando de un grupo muy pequeño. Serán
menos de doscientos, pero son los únicos que pueden testimoniar. Hay
una zona inquietante que es la siguiente. Se tenía la idea de que la
represión era indiscriminada: fue perfectamente discriminada.
No les interesaba llevar gente que no sirviera para el mecanismo de
destrucción del enemigo que tenían las fuerzas armadas, porque les
hacía perder tiempo. Bueno, estoy absolutizando; dentro de la
tortura había tipos sádicos también, que estaban dentro del aparato
represivo y que el cuerpo que estaban martirizando era instrumento
para la información o para lograr el triunfo en el combate que
habían entablado, pero además gozaban con provocar dolor y
humillación. Pero no eran lo dominante. Torturaban no solo para
buscar información, sino para quebrar, someter, humillar.
Había militantes muy jóvenes, como los de la Noche de los
Lápices. Los chicos que peleaban por un boleto eran en potencia
futuros cuadros.
Pero no era por eso. A lo mejor yo le doy racionalidad a algo que no
la tiene. Estoy trabajando en la Noche de los Lápices justamente. A
nadie lo agarraron por tener catorce años. No digo porque eran
buenos o más o menos malos, sino porque no estaba en la lógica.
Cuando un chico de catorce años va y pone una bomba, corre riesgos,
y a lo mejor muere, es un militante. Digo esto por ciertos
prejuicios que se han ido creando en la sociedad. “Pero entonces
tenían razón”, dicen desde un sentido común. No, no tenían razón,
pero desde el punto de vista del objetivo, un chico de catorce años
que estaba dentro de una organización...
En un año iba a ser un militante formado.
No los secuestraban por lo que iban a hacer, sino por lo que
estaban haciendo en ese momento. No porque eran jovencitos y después
iban a ser grandes. Y este es uno de los grandes mitos que hay en
torno a la represión, el símbolo máximo de la represión que se ha
popularizado por su uso político a partir de la Noche de los
Lápices. Pero ¿cuánto de responsabilidad les cabe, yo diría
criminal, a los organismos de guerrilla en usar o
instalar a los adolescentes, de no protegerlos? Lo que pasa
es que en las estrategias de la lucha guerrillera –es terrible lo
que te estoy diciendo– los adolescentes eran exactamente lo mismo
que para las fuerzas represivas. Un chico de quince años es muy
parecido a otro chico de quince años, aunque no sea militante, y uno
de veinte años, a otro de veinte años, aunque no sea militante. Pero
hay diferencias entre el militante y el no militante. Pero está la
vida de cada uno en lo que significa la adolescencia. Quiero decir:
yo conozco pocos, poquísimos casos en que los padres hayan alentado
las situaciones de peligro de muerte, que no hayan tenido la
reacción de padres de salvar al hijo, aun cuando estuvieran de
acuerdo con su militancia.
Walsh escribe esa carta a su hija y es conmovedor que lo haga
como militante, pero también como padre.
Es el duelo de un militante escritor. Cómo incorpora lo que es el
duelo por una hija en estas circunstancias. Lo incorpora con lo que
puede echar mano, que es el texto. ¿En qué sentido escribía como
padre? Era también en un momento en que estaba desilusionado de la
militancia.
Vicky no se toma la pastilla, usa el arma.
El arma es el enfrentamiento, la pastilla es la huida. Cada uno se
comporta con lo que tiene a mano en cada momento. Pero volvamos a lo
de antes: ¿cuál es el sentimiento del tipo que estaba muerto para sí
mismo y aparece con la posibilidad de vida? Muchos de los militantes
que se tomaban la pastilla ya estaban derrotados, y tomarse la
pastilla era un gesto de derrota más, de vergüenza, vergüenza en el
buen sentido de no fallar
a favor de su militancia o creérselo, cuando ya venía
cuestionándose el sentido de su proyecto y se intentaba suicidar.
Pero pronto despierta en medio de una mesa de torturas y a su vez ve
la posibilidad de vivir. Porque en algún momento, consciente o no,
hay una decisión de vivir, porque ya pagó. En algún momento de su
conciencia se instaló en una situación de querer vivir. ¿Qué quiero
decir con que se instaló en la situación de querer vivir?
Como no estaba en el medio del campo y el sol le daba en la cara,
empieza a pensar que podía vivir o “qué bueno sería que la
organización fuera derrotada”. Si le dan de comer en aquella mesa y
la condición es comer con tres personas más, lo hace. Eso también
tiene sus limitaciones. Quiero decir que, en los diálogos más o
menos amables en la ficción que se daba entre el sobreviviente y el
represor, surge la idea de que los derroten a los montoneros. Un
razonamiento de “yo colaboro porque así de una manera más rápida se
va a destruir la conducción”. Así se desataba ese nudo infernal en
que estaban metidos los militantes y que los llevaba a la muerte.
Algunos de los sobrevivientes jamás colaboraron con los represores.
En la historia están los alemanes creyentes en el nacionalsocialismo
que quieren matar a Hitler. Los sobrevivientes que colaboraron con
los represores tenían este razonamiento. Uno puede decir “qué
canallas”. Yo le encuentro una lógica, y en todos los casos estaban
estas ideas: “Que esto termine lo antes posible”. Esta es una
hipótesis. No lo he preguntado.
Ahora, en otras situaciones ya se sabe: o él te mata a vos o vos a
él. Ahora, ¿vos querías matarlo? Es una pregunta insostenible,
porque sí lo querías matar, objetivamente lo querías matar. Mirado
desde afuera, no era que lo querías matar si hubieses estado en una
situación de enfrentamiento, sino por la identidad de cada uno. Y no
en un acto de reflexión, sino de la lógica que se establece en la
relación con otra persona, en este caso, de vida o muerte.
Cambio de escenario para hablar de cosas más trabajadas: los campos
de concentración nazi. Hay una mirada del que los ve, del que los
estudia, del que los enjuicia, y otra es de los individuos que viven
ahí, aunque la vida ahí hubiera sido distinta. Sin embargo, hubiera
sido lo mismo. Nosotros sabemos cosas de lo que fueron los campos
por Primo Levi y muchos otros que sobrevivieron, pero para
sobrevivir tuvieron que preguntarse si esto es un hombre.
Pero desde el punto de vista de la descripción de la historia, decís
los nazis hicieron esto, mataron tantos, y hubieran matado al margen
de la subjetividad de Primo Levi. Y después fueron derrotados. Y
todo lo que sabemos sobre ellos es por los sobrevivientes. Hay una
mirada de los campos que ya no interesa al hecho histórico. Aun en
estos casos donde hubo una derrota del nazismo por parte de fuerzas
externas, no es sustancial al hecho histórico, no es sustancial que
trajeron la luz a los campos de concentración.
Si uno los mira como historiador, no se modifica. Se sabe más por la
mirada de los sobrevivientes. La ESMA es más importante por el papel
que cumplieron los que sobrevivieron que por toda la lógica que
llevó a que la dictadura fuera autofagocitada. Esto sobrepasa lo
político. Nuestra visión de las cosas la tenemos gracias a esta
gente que vivió el drama. Si no, no sabríamos nada. Quiero decir que
esta pensión vital que vivieron los sobrevivientes en la mayoría de
los casos sobrepasa lo político para pensarlos como seres
humanos.
Hay una experiencia común que es el miedo, el deseo de sobrevivir,
las dudas, la inseguridad, la ambigüedad. De todo eso está hecha
también la práctica política. Esto se ve muy bien en Dostoievski. En
Los demonios, él habla de esto por lo que la política no se
explica pero tampoco podría explicarse sino por ese punto
contradictorio que tienen los ser humanos en sí mismos. El apetito
de todas las formas totalitarias trata de eliminar esto impredecible
de toda acción colectiva. Porque en toda acción colectiva actúan los
individuos. El conocimiento de la subjetividad ayudaría a entender
desde las colaboraciones en un campo de concentración hasta el
heroísmo del que va a morir casi inútilmente y sabiendo que casi
inútilmente va a morir. Esto no lo haría ningún robot. ¿Hay un punto
en la subjetividad humana que pueda superar el
deseo de vivir? ¿Pasar por encima de eso? ¿Por qué ha quedado
todo su cuerpo comprometido en una expectativa de existir?
Sartre decía que uno no sabía quién era hasta que no estaba en
una mesa de torturas.
Es que, hasta que no sucede, uno no sabe cómo va a reaccionar. En
realidad, nadie sabe cómo va a reaccionar porque la
programación, por usar un término actual, choca contra la voluntad y
la libertad.
Inconsciente, a lo mejor.
No, porque inconsciente puede ser también una idea de determinismo.
Y la libertad es la que rompe ese determinismo. Yo prefiero decir
la libertad de decidir entre la voluntad de vivir y la de
morir, aunque sepas que esa muerte no está en la programación general,
es una decisión personal, por razones infinitas en el mejor de los
casos, la dignidad de la mirada sobre sí mismo. Los animalitos
también mueren sin darse cuenta. Un perrito puede seguir a su amo y
se mete en una casa que se está incendiando y no sabe que está por
morirse. Solo los seres humanos tenemos conciencia de que vamos a
morir. Saber que así somos los seres humanos, sobre todo en
una situación como esta, en donde se intenta destruir una humanidad.
¿Cuándo se destruye una humanidad? ¿Cuándo el tipo colabora con el
enemigo? Esa es una idea de la humanidad totalitaria. La
construcción es de un ser que obedece a una consigna. Podemos morir
por decisión y también podemos vivir por decisión, pero son gestos
de creación como puede ser un poema.
Jean Améry se suicida por su situación de sobreviviente de los
campos, pero insiste hasta la obsesión en su vejez intelectual.
Se diría que se suicida por la intensidad perdida de
Auschwitz.
El suicidio en estos casos es una variante. Puede que sea una
razonable explicación que se da a sí mismo. Una vez, Pilar Calveiro
me dijo: “Tenemos que hablar entre los sobrevivientes antes de que
empiecen a suicidarse”. Me pareció muy significativo lo que decía,
porque hay una carga de la que ahora se habla mucho más. Yo dudo que
alguien se suicide porque alguna vez fue menemista. Si se suicida
porque fue menemista e hizo una estafa, en realidad se suicida por
otra cosa. No lo digo por una broma actual.
Hay un tipo de militancia política que compromete el cuerpo. Y la
subjetividad, no el alma. Sonreír a un torturador cambia el orden
del mundo que rodea a un militante. No digo si bien o mal, pero lo
cambia. Conozco un caso de alguien torturado terriblemente, en un
pasillo, con capucha, envuelto en una frazada, una piltrafa humana,
casi hasta el punto de no reconocerse a sí mismo. Entonces alguien
le pasó la mano por la cabeza. Y después él me contó: “Nunca sentí
tanto agradecimiento”. Y tal vez ese haya sido el cambio de su vida.
Porque así somos.
Esta negación de lo humano hace a la comprensión de que los actos
políticos sean intolerables o inexplicables. Cuando digo explicar no
es con una visión política que es una visión lógica. Hay que pensar
en los represores, no para justificarlos; al contrario, para
condenarlos. Si el represor fuera una simple máquina de matar
bestializada, deshumanizada, no sería responsable. Hay un tipo de
militancia política que compromete el cuerpo. Digo el cuerpo como
asiento de la subjetividad. Cada acto, como sonreír a un torturador,
cambia tu historia con todo su pasado. Entre los defensores de los
derechos humanos existe la certeza de que el represor es una bestia,
que carece de la condición de lo humano. Pero si no puedo verlo más
que bestialmente, por lo tanto no es responsable. La responsabilidad
nace desde que no es una bestia, es un ser humano. Pero si es un ser
humano, la crueldad es algo que podría haber evitado, resignar la
crueldad, haber actuado de otra manera. Y por esa condición, la
condición humana, está el tipo de represor que se enamora de una de
sus víctimas. Si fuera una bestia impiadosa no habría lugar para el
amor. Y estoy hablando de amor, no de una monstruosa relación
erótica hacia una víctima en cautiverio. Desde el punto de vista
moral, no resulta fácilmente comprensible. Hay que conocer a los
represores también en su subjetividad. Sería fundamental para la
salud colectiva.
Una de las páginas que he escrito en relación con mi hijo es cómo
decirle que no tenía razón. Hablando en esa irrealidad que es el
desaparecido, es terrible todo lo que me ocurrió, porque ahí está la
vibración de todo el drama humano de mi vida que fue marcada por su
desaparición y en que él desapareció. Cuando uno empieza a pensar en
esta melodía, su mundo parece no solo justificar, sino legalizar una
verdad en la cual él ha muerto. Ahora ya se puede hablar, decir que
eran guerrilleros, no porque iban a la escuela secundaria como
conejitos.
Cuando los chicos llevan la camiseta con la imagen del Che, no es
algo tan indiferente. Cuando al Che lo pueden comparar en su
exposición corporal con Madonna, no es pura figura. Porque,
si hay un mito constitutivo, es el del Che. Ese
hombre nuevo es monstruoso, lo peor del totalitarismo que uno
pueda imaginar. Con todo el proceso de programación genética, se lo
hará sin los defectos considerados humanos. Que alguien pueda
pensarlo siquiera me horroriza.