Perrodismo
“¡Leooón!”, llamó el general Perón. Desde lejos vino corriendo un perro. “¿Vieron?, lo llamo León y viene, pero no es un león. Es un perro”. Una anécdota más del general, pero siempre con una enseñanza, o, mejor dicho, con una instrucción política. La de esta podría ser: una cosa es un nombre que puede cambiar la identidad –un perro por un león–, y otra, tomarlo por un león, o sea, “La única verdad es la realidad”.
El general no tenía perros, tenía perritos con sus respectivos nombres de perros. Nada de apelativos humanos (“La única verdad es la realidad”) o grandilocuentes como los que utilizó en sus primeros escritos, “Bill de Caledonia”. Un hombre lector del Martín Fierro, donde “perro” es un insulto, firma como un perro de raza cuyo nombre suena a los de la oligarquía (¡perros!). Pero eso fue antes, con velada alusión a su propio origen. Bill era un perro de la Patagonia, donde nació.
Tener perros presidenciales exigía ejercer su inteligencia semiológica. Y, por supuesto, nada de pastores alemanes, es decir, policías. Nada de razas cazadoras, guerreras o asesinas como los pastores alemanes de raza pura, el último de los cuales Hitler hizo asesinar en el bunker del final. Sino caniches, cobradores de piezas menores, labor que rara vez ejercían. Se llamaban Tinolita, Negrita, Canela, Puchi, Canelita, nacidos en sucesivas generaciones, y nada de bautizar con un mismo nombre a un perro vivo en memoria de un perro muerto. Los perritos bandidos aparecen a partir de Evita, que tenía como preferida a Tinolita, que vivió con angustia humana la muerte de la abanderada de los humildes.
El analista Jean Allouch, tan francés como un caniche, estaba preocupado por el hecho de que Freud tuviera varios perros de la misma raza con el mismo nombre: “¿En qué se convierte el duelo freudiano teniendo en cuenta semejante práctica?”, pregunta. Pero esa práctica no es una singularidad de la casa Freud, sino una costumbre común. Y si, como dice Allouch, un perro jamás confunde a su amo con otro, el amo no confunde a un perro con otro –aunque sean iguales–, y sucesivos cachorros de la misma raza no le ahorran el duelo de cada muerto. Y los perritos bandidos no confundían al general con ningún otro hombre. Sus manos desaparecidas de su cadáver alguna vez fueron bautizadas por las caricias que prodigaba a sus caniches, “cuchas voladoras”.
Ni los gustos privados de Perón dejaban de ser políticos: en 1954 impulsó la Ley de Protección Animal (N° 14.346), aún vigente, e intentó imponer una ley penal que castigaba a los torturadores de animales hasta con cinco años de prisión, pero en Diputados dijeron no. Actualmente los caniches no son perros de lujo, de oligarcas. Los crían los inmigrantes peruanos, bolivianos, chilenos, fueron perros de disidentes sexuales, vía el modisto Paco Jamandreu. Cuando el general murió, Canelita y Puchi andaban olisqueando el féretro para disgusto de Isabel, que odiaba los perros.
El amor perro, como metáfora del amor incondicional, debería atender a lo que este enseña de fidelidad por sobre la contingencia y la reciprocidad, más que sobre la obediencia y el dominio. El preferido del general era un enrulado ejemplar de color castaño llamado Canela. Cuando el caniche tuvo una nieta, la bautizaron Canelita. La diferencia no era para él de géneros, sino de generaciones, y es difícil reconstruir el árbol genealógico incestuoso, pero era con Canela con el que se identificaba: “Canela ya tiene diez años, es el abuelo. Es un exiliado como yo y me ha seguido en todas”, se quejaba desde España. Cuando el perro murió, no había terminado su exilio. Lo enterró bajo un algarrobo en la Quinta 17 de octubre, en Puerta de Hierro.
Banderismo
En sus memorias del golpe de 1930, Perón cuenta que en medio de los sucesos del derrocamiento de Yrigoyen, con los movimientos que todo día así genera en la plaza, las calles aledañas y los edificios gubernamentales, vio que alguien enfilaba como para irse por un pasillo de la casa Rosada. Perón notó algo extraño e interceptó al ciudadano. Le preguntó qué llevaba ahí. El ciudadano respondió que llevaba la bandera argentina para salvaguardarla. A Perón le parecía que era demasiado bulto bajo el brazo como para que fuera solamente la bandera. Le pidió que le mostrara y se dio cuenta de que el muchacho se estaba robando una máquina de escribir.
En el mundial 1966, el futbolista Rattín fue expulsado del partido contra Inglaterra, donde además se jugaba el mundial. El momento está filmado: Rattín persigue junto a sus compañeros al referí. Luce una impecable casaca celeste y blanca con el número 10. Su gesto es de queja, ruego, fastidio y lamento, sus movimientos no son violentos. Camina por el costado de la cancha como yendo al vestuario. Pasa al lado del banderín del córner, que era la bandera de Gran Bretaña. La estruja como un niño que no se aguanta el dolor de muela. Luego se sienta en la alfombra roja, apenado. La alfombra estaba reservada para la reina.
El 1° de mayo de 1974, las cosas en el movimiento venían tensas. Se organizaron condiciones básicas entre los sectores para que el acto se desarrollara sin problemas. En los papeles, las únicas banderas posibles serían las argentinas. Sindicatos, juventudes y organizaciones revolucionarias deberían llevar pancartas con los motivos de la bandera. A unas cuadras, unos retenes se aseguraban de que al ingresar a la plaza se cumpliera con lo estipulado. Todo iba bien. En un momento, como si alguien hubiese dicho ya, militantes de la agrupación Montoneros empezaron a sacar de sus bolsos letras, hilo y aguja, que cosieron a las banderas argentinas que atravesaban la plaza sostenidas por cañas.
En enero de 2002, María Moreno entrevistó a Horacio González para conversar sobre los sucesos de diciembre de 2001. En un momento se dio este intercambio: González: No hay ningún pueblo que no pueda actuar revisando motivos anteriores. En la Argentina, el capítulo anterior: el Cabildo, el yrigoyenismo, el peronismo han de ser revisados. Moreno: ¿Esta multitud pensó en aquel cabildo? González: Si salió con bandera argentina, sí. Moreno: ¿Incluso una señora de consorcio? González: Es que la bandera argentina inmaculada no pudo ser inmaculada nunca. Surge de un oscuro trato con la existencia. Los ahorros en el banco, el crédito hipotecario. La bandera no surge de otro lado. Es un intento de redimir y ennoblecer el aspecto oscuro de la vida. El Cabildo, la Plaza de Mayo, los puentes del Riachuelo, la consabida ciudad de Junín, son las palabras o los iconos que corresponden a nuestro diccionario de multitudes.
En 2003, el artista visual Sergio Avello hizo una bandera argentina con tubos fluorescentes. Mide cuatro por siete metros. Los tubos titilan desorganizadamente, la bandera nunca se completa. En otra obra inventa una transición de la bandera argentina con la de Boca. En otra superpone la forma de la bandera de Estados Unidos al celeste y blanco de la bandera argentina.