TERRITORIOS

Más paisajes que el cemento

La minería en Olavarría

CECILIA ABDO FEREZ

La pregunta por el destino productivo de una región serrana que se duplica cuando nos preguntamos por el arte social, las discusiones antimonopólicas y la memoria libre de un territorio en sus habitantes.

Me encuentro con Daniel Fitte, artista visual del pago, en un bar que se llama Vega. El único abierto un domingo de mañana. Él había propuesto tomar unos mates en el Parque Mitre, que bordea el arroyo, pero hace un frío de esos que calan los huesos, no importa qué estación sea. Pienso que el medidor que da cuenta de cuán extraña sigo siendo en Olavarría, aún nacida allí y retornada en pandemia después de décadas en CABA, es que me parece extrañísimo que no sea obvio que el encuentro entre dos desconocidos se debe dar en un bar y no en un parque. Espero en Vega, que fue un almacén de ramos generales y conserva su barra y hasta las cajas registradoras, de adorno. Fitte me avisa por WhatsApp que se le rompió el auto en la ruta, que llegará tarde, que menos mal que el bar..., que ya llega. Leo entera La Nación, de prestada. Nunca hay una noticia de estos pagos, pero sí publicidades de cementeras.

Los objetos se aferran al tiempo. Cuando se los descontextualiza y emplaza en otro espacio, imponen una familiaridad sinuosa; una extrañeza que, sin embargo, se reconoce. Así son los cientos de guantes de cuero ajados que enseñan las palmas en la obra de Fitte. Reticente a la metáfora, la obra se llama “Guantes usados por obreros de una fábrica productora de cal” y desde 2012 forma parte del patrimonio municipal. Los guantes están ordenados y dispuestos en hilera sobre paneles apaisados, como es el paisaje este, atravesado siempre por la línea del horizonte. Siguen la regularidad del trabajo de fábrica, con su resabio de turnos insistentes y de anacronismo. Anónimos, intercambiables, estandarizados, funcionales, dan cuenta de un modo de vida que rigió el destino de miles en los parajes mineros serranos.

Llega Fitte. No se parece en nada a los estudiantes de artes visuales a los que doy clases en la UNA. Hay en él, como en cualquiera que habita por fuera de la General Paz, una inquietud por el paisaje. Un paisaje que no solo se impone a la vista, sino que modela un tiempo más lento en el moverse y en el hablar. Como si el esfuerzo que hiciera esta línea del horizonte para que asciendan sierras y lomas encima de ella hubiera agotado también a los humanos, acá se camina lento. Hay tiempo y, a veces, hasta estorba. Me pregunto cuándo hay que dejar aflorar el paisaje en una obra y abandonar el cosmopolitismo radial del país. Cuándo hay que abandonar la fantasía de que se discute en una supuesta república de las letras sin nacionalidad, para aceptar que se es periferia. Me pregunto si ese paisaje que se impone aceptará ser el telurismo que faltaba para llenar el casillero o habrá que negarse a domesticarlo y, menos aún, a traducirlo. Si no se aprende a hablar su lengua, en su ritmo, que no se comunique y ya.

El partido de Olavarría está emplazado sobre lo que se llama el sistema de Tandilia. Un cordón rocoso que va desde Tandil a Mar del Plata, pero que en esta ciudad, a diferencia de las otras dos (más enfocadas al turismo), tiene la particularidad de poseer piedra caliza, que se usa para la producción de cal y de cemento. Es, de hecho, el lugar con mayor producción de cemento de América Latina y su suelo tiene características únicas. Hay caliza, pero también granito negro y rojo (llamado piedra “Sierra chica”, el lugar del penal de máxima seguridad), que en general se encuentra en pocos lados del planeta, y mármol dolomita, piedra amarilla, arenisca, cuarzo. Se pisa piedra en gran parte del suelo de Olavarría, y eso implica andar sobre un recurso no renovable y definido como “estratégico”, que es acumulado en canteras que se dan a concesión por la provincia de Buenos Aires. Un recurso que algún día se va a acabar y entonces la geografía va a mostrar cráteres y hornos, como residuos de la explotación centenaria.

Daniel Fitte, “Guantes usados por obreros de una fábrica productora de cal”.
Instalación en la Municipalidad de Olavarría.

“Destino” es la palabra con la que Fitte describe el trabajo de minería de picapedreros, horneros, caleros, dinamiteros y luego empleados y desempleados de fábrica, en el lugar que despachó la primera bolsa de cemento de la Argentina, hace más de cien años, y que desde entonces no para de sacarle jugo a esta tierra que trema. El destino de miles que hizo del paraje una tríada entre minería, campo e industria y una geografía atractiva para oleadas de inmigrantes: alemanes, italianos, checos, yugoslavos, portugueses, libaneses, españoles, suecos, rusos, franceses. Italianos, presentes sobre todo en el trabajo de la piedra, con sus saberes a cuestas traídos desde Brescia o Carrara y que construyeron caleras que todavía existen.

“Caída interanual del 43 % del despacho de cemento” en marzo, dice La Nación. Que se debe a la obra pública nacional paralizada. Una noticia así se lee distinto desde el pago: el municipio depende de lo que se conoce como “impuesto a la piedra”, la tasa que hay que pagar para explotar las canteras. Una tasa que se remonta a 1949, a tiempos del primer intendente peronista electo de la ciudad. De eso depende el municipio y, sobre todo, un montón de trabajadores y transportistas.

Un sentimiento olavarriense ambiguo es encontrarse referenciado en el hormigón armado, presente en las obras centrales de la arquitectura del país: desde el edificio de la Biblioteca Nacional a los de los Bancos Hipotecarios; del pavimento del país al museo Casa sobre el Arroyo, recientemente restaurada en Mar del Plata. Es un sentimiento ambiguo, porque ese cemento omnipresente tensó la relación del distrito con la naturaleza, claramente vista como recurso, e impuso un ritmo de trabajo, una dinámica organizativa, un modo de propiedad y de reconocimiento simbólico a toda la ciudad. Impuso una política, entre local y nacional.
Las fábricas como centro irradiador: de quienes trabajan allí, de sus familias, de los negocios subsidiarios, pero también de la vida social. Loma Negra, por citar la productora de cemento más conocida (actualmente en venta por el holding brasilero Camargo Correa, y durante un siglo, el nombre insignia de la familia Fortabat), despachó bolsas de concreto, pero también fundó barrios, escuelas, hospitales y hasta el único club de fútbol del pago que llegó a jugar en la A, en plena dictadura militar. Loma Negra, ese nombre que se asocia a las bolsas de cemento o a los grupos de poder, pero que en Olavarría alude antes a un paraje, a un paisaje que muta por el extractivismo y por su lógica, entre depredatoria y fuente innegable de trabajo popular. “No muerdas la mano de quien te da de comer” como lema y corsé de la ciudad. Un lema tan político como la marca “la ciudad del cemento” o “la ciudad del trabajo” que designa a Olavarría, en una metonimia que las torna intercambiables.

La zamba de los mineros
tiene solo dos caminos
morir el sueño del oro
vivir el sueño del vino.


La industria de la piedra viene de larga data y anuda globalización y localismo. Comenzó con los pueblos originarios (pampas o serranos), cuyas marcas de extracción están en cuevas pintadas que se preservan a duras penas de la carga explosiva posterior. Continuó en emprendimientos familiares de caleras, que desarrollaban minería a cielo abierto, “a brazo” y tirada por caballos. Se complejizó con la llegada del Ferrocarril del Sud, en 1887, que permitió la producción y exportación a gran escala, sobre el filo del fin de la Primera Guerra Mundial. Cambió radicalmente con la introducción de palas extractoras y máquinas trituradoras para procesar lo que antes se hacía manualmente y se trasladaba en volquetes, sobre los años 40. A esto hay que sobreimprimirle los cambios en la propiedad de los recursos, que pasó de pequeños propietarios a la disposición de fábricas, extranjeras y nacionales.
La primera fábrica cementera fue una filial de la norteamericana Lone Star, conocida a partir de 1919 como Compañía Argentina de Cemento Portland (e inaugurada con la presencia del embajador de los Estados Unidos). En el mismo año se fundó Calera Avellaneda, que extraía cal de las canteras arrendadas en el Paraje San Jacinto, sobre el arroyo con el mismo nombre.
Loma Negra se creó en 1926 y permaneció en manos de la familia Fortabat hasta su extranjerización, con la venta a Camargo Correa en 2005. La venta significó la restricción de las fábricas a un perfil estrictamente productivista y el desprendimiento de todas aquellas instalaciones o actividades que no tenían que ver con el cemento: desde el club deportivo a los barrios, construidos para alojar trabajadores y gerentes. La tecnificación masiva de la producción generó además la expulsión de trabajadores y la concentración en grandes instalaciones (particularmente en la planta L’Amali, la más moderna de Sudamérica, construida por Loma Negra en 2001), y su convivencia con canteras privadas, que tercerizan el trabajo.

“Nos llamamos Sierras Bayas por las sierras, pero no quedaba nada”, dice a la televisión local Jorge Artaza, un activista de defensa de las sierras. No quedaba, dice, y no hay error gramatical. Su voz está alojada en un pasado que él sigue habitando, pero que ya no se ve.

Se cuenta que había un Cerro Redondo en Sierras Bayas, otro paraje serrano de Olavarría. Ya no existe. Existe, sí, la Cantera Cerro Redondo en su sustitución. Que estaba el Cerro Aguirre, cedido en 1996 para su explotación y que tampoco está hoy. La dimensión de la intervención minera sobre el paisaje se mide así: los cerros, literalmente, desaparecen. Son explotados, en la doble valencia de la palabra de volados con explosivos y expoliados económicamente. Cuesta imaginarlo, pero cualquier persona que haya vivido en esos parajes se refiere a los cerros señalando lugares que un contemporáneo no consigue ver. De la herradura que forman los cerros alrededor de Sierras Bayas ha desaparecido un 60 o 70 %. Por eso, cuando por fin se libró una lucha para defender el Cerro Largo, algo retumbó desde la entraña de esos otros cerros desaparecidos. Con este, algo del destino de la minería en Olavarría se rompió y las rajaduras cambiaron de lado.
Ante la amenaza a Cerro Largo, bajo la órbita del Ministerio de Defensa, desde 2013 se autoconvocaron vecinos de Sierras Bayas y luego del resto del partido para mostrar que ahí estaba el límite. Hubo asambleas y debates entre canteristas (también vecinos) y activistas. Hubo acciones para que las escuelas visiten el cerro, lo caminen, lo incluyan en el imaginario como algo a proteger. Ir los domingos a tomar mate. Hacer bicicleteadas de montaña, trekking, adoptarlo en la vida popular como recurso, sí, pero de otro tipo. La lucha llevó a que se lo declarara protegido por ordenanza municipal en 2023 y se lo renombrara de reserva minera a reserva natural, en un desplazamiento de adjetivos en el que natural y minero parecen términos excluyentes.

Ya vendrán tiempos mejores
ya vendrán tiempos mejores
ya vendrán tiempos mejores
minero soy
minero soy.


La historia de la minería es también la de la transformación del trabajo. La de su uso legitimador para permitir la intervención masiva en el paisaje, hasta su erosión. La del cálculo imaginario que se realiza entre cuánto de contaminación y cuánto de desarrollo caben en la misma ecuación y que compromete a una ciudad entera, por generaciones. Se decía que en los parajes serranos crecían rosas negras, por la acumulación de cenizas que volaban de las moliendas de caliza. Que de los alambrados de las canchas de fútbol colgaba esa misma pasta gris. Que amanecían blancos los patios. Que eso se aspiraba y generaba problemas de salud, porque recién en los años 70 se colocaron filtros para las moliendas. Que la silicosis era una peste entre los trabajadores. Uno de los desaparecidos de Olavarría, Carlos Moreno, investigaba exactamente eso como abogado representante de AOMA, la Asociación Obrera Minera Argentina.

Voy llevando los barrenos
al socavón
mano fuerte y vida triste
minero soy.


En su muestra “Ser paisaje”, Fitte proponía a los visitantes cementar objetos personales. Él mismo había cementado varios, testigos del paso de la historia en la vida cotidiana de los habitantes de estos parajes. Cementar introduce una fijeza. Reviste de un color gris homogeneizador. Pero también produce un efecto de monumentalización. Es un objeto que se saca del circuito de uso y que empieza a estar dispuesto a la mirada a través del tiempo. En los parajes cementeros, ese polvo gris que lo cubría todo era una situación común durante unos sesenta o setenta años, y se esperaba la lluvia para que las cosas recuperaran sus colores y sus texturas habituales. Como si esa piedra que se explosionaba se vengara posándose a diario sobre los objetos cotidianos y apropiándoselos. Por eso, en estos parajes no se está ante esas imágenes míticas de los cerros, tan pacíficas y cósmicas, tan impertérritas y del folclore, sino que hay una inquietud, una sensación de tener que moverse, de tener que activarse. De tener que evitar el riesgo de quedar petrificado, de ser cementado. La necesidad de romper la fijeza en el lazo social. De encontrar el vericueto que deja el cemento y su alquimia de todo. Por eso, junto con el emplazamiento de las fábrica surgieron las huelgas. Pero Olavarría no es Famatina: aquí ya había pasado la Conquista del Desierto.
El de la minería, a esta escala, es un trabajo que modela la vida. No solo de esta generación, sino de las anteriores y las futuras. Por eso, cada cambio en la propiedad de una fábrica altera el ritmo social. Cuando en 1992 la empresa Loma Negra compró Cementos San Martín, ubicada en Sierras Bayas, y procedió a su cierre definitivo, el paraje lo sintió. Porque San Martín era, además de la fuente de vida de varias familias, también el club y el equipo de fútbol con los colores de la primera bolsa de cemento despachada. Quizá por eso es Sierras Bayas el lugar de mayor activismo, en comparación con otros parajes del pago. De mayor localismo y celo.
La autonomía de estos parajes es relativa: hay un delegado elegido por la comunidad, pero que finalmente es nombrado por el intendente, cuya sede está en la ciudad de Olavarría. La minería depende además de la combinatoria entre defensa y trabajo, a nivel nacional y provincial, porque las canteras son recursos estratégicos y a la vez pilares de la economía de la provincia. En Olavarría se da la curiosidad de que cualquiera en la calle conoce por nombre propio al encargado provincial de minería. En 2023, Federico Aguilera, el exsubsecretario y oriundo del pago, inauguró la primera tecnicatura en minería de la historia, con el detalle de que en su primera cohorte más del 60 % de los inscriptos son mujeres, rompiendo con la tradición del trabajo masculinizado de la piedra. Y quebrando también con la transmisión informal de los saberes, que pasó oralmente de generación en generación.
Los saberes acumulados del trabajo minero (además del paisaje, además de las formas de vida) son un punto a preservar. No solo las herramientas, que aúnan a picapedreros, artistas y albañiles en la construcción de refugios materiales y simbólicos, sino también los archivos de las empresas y los hornos caleros, que pueblan el paisaje de las sierras olavarrienses, pueden preservarse del olvido o la destrucción. Un grupo de investigación de la Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires ganó en estos días una beca para tornar de dominio público los archivos de Calera Avellaneda, una de las más grandes cementeras de la zona. Hay proyectos comunales para crear un circuito que muestre y preserve cómo era y es la producción de cal y cemento, con su historia entrelazada de inmigración y trabajo. Para encontrarse con la propia historia y darle un valor, o, mejor, para sacarla de su propia cementización, de su propia naturalización como destino, para sacudirla. Algo sucede con los lugares en donde abundan recursos naturales, pongamos petróleo, litio o caliza: ese paisaje que se “interviene” en algún momento pasa factura y exige dejar de tutearlo, dejar de agredirlo, dejar de pensarlo a disposición. Exige encontrarle el vericueto a la fijeza, la tapadura al pozo. En general, cuando amenaza con acabarse, impone la pregunta de qué sería desarrollo y qué crecimiento; fuerza a pensar si ha sido un beneficio o una condena.

Qué hay en común entre un artista visual y un albañil, pregunto. Que ambos podrían crear mundos simbólicos, refugios. Podrían. Si hubiera continuidad en el tiempo, si hubiera paisaje, al fin y al cabo.

Cómo hacer un proyecto sustentable de vida que haga de la minería no el destino sino una tarea entre muchas, con límites sustentables, es un problema que no se resuelve en escritorios, sino que se ensaya en la práctica por los habitantes de los parajes. Se negocia entre los vecinos, a la vez que con los distintos niveles de jurisdicción: preservar el Monte de los Fresnos, por ejemplo, para que sea un paseo y no la fuente de madera disponible para la leña; presionar para que los camiones (quizá unos 400 diarios, ahora que no funciona el tren) no pasen por el centro de Sierras Bayas, con sus 5.000 habitantes, y destruyan el asfalto; lograr una convivencia en la que haya trabajo y, a la vez, la posibilidad de un paisaje perdurable a mediano plazo, de un paisaje que tenga referencias que sean reconocidas en las narraciones por las generaciones posteriores (porque eso es un paisaje: una cierta duración). Habitar un paisaje sin pensarlo como el decorado ni como lo disponible para el zarpazo es una tarea que no tiene un manual, sino que surge del entramado diario y del reconocimiento mutuo entre los habitantes. Se trata de encontrar una estabilidad en el tembladeral del suelo que pisan, que contenga la historia de quienes lo han pisado pero también el derecho de quienes lo pisarán.

Ya vendrán tiempos mejores
ya vendrán tiempos mejores
ya vendrán tiempos mejores
minero.

1. En la actualidad, la actividad sostiene más de 2.000 fuentes de trabajó de manera directa, con más de cincuenta establecimientos mineros, y genera otras miles de fuentes de trabajo de manera indirecta: transporte, metalúrgica, mantenimiento, seguridad, metalmecánica, entre otros rubros que se derivan de la minería. Por otra parte, genera ingresos por tributación. El impuesto a la piedra (Derecho de Explotación de Canteras) es un ingreso extraordinario para el municipio que en 2023 rondó los 4.600.000.000 de pesos (y que cayó a la mitad hasta abril de 2024).

2. Calera Avellaneda se trasladó en 1933 a Olavarría, y ese tránsito da cuenta del fuerte lazo de este punto geográfico con otros dos lugares con los que forma un triángulo: el AMBA y Bahía Blanca, con sus puertos.

3. Para un recorrido histórico, véase https://www.lomanegra.com/quienes-somos/.

4. Para una foto antigua, véase https://sierrasbayas.com.ar/lugar/recorrido/ facerro.html. Estuvo bajo explotación de Canteras Argentinas.

5. Véase https://www.verte.tv/ noticias/31753--Nos-llamamos-Sierras- Bayas-por-las-sierras-y-no-quedaba-nada-. Para una tesis sobre el conflicto, véase el trabajo de Jordán Sandoval en https:// ridaa.unicen.edu.ar:8443/server/api/core/ bitstreams/98ff2268-ecba-44a8-be1d- 8e74d89c7791/content.

6 Un gran libro sobre la relación entre la vida de las fábricas de cemento y la dictadura en Olavarría es el de María Inés Krimer, Lo que nosotras sabíamos (2009).

7. La minería de Olavarría es denominada de “tercera categoría”, que corresponde a minerales no metalíferos que, en su mayoría, no requieren procesos químicos para su extracción. El caso de Famatina (y otros) se encuadra dentro de la minería metalífera (oro y cobre, en este caso), que sí comprende la utilización de químicos (cianuro) y, sobre todo, de grandes cantidades de agua y otros procesos contaminantes.

8. Véase https://www.elpopularhoy.com/ argentina/provincia/ciudad/la-historia- de-la-fabrica-san-martin-de-sierras- bayas-y-el-primer-despacho-de-cemento_ a64ea5dafe365e7fb139bb7ec.

9. Para un análisis del sector minero, véase el informe comparativo en https://www.gba. gob.ar/produccion/areas_de_trabajo/mineria.