La práxis de la movilización
MARIANO DORR Y María Teresa García Bravo
Formas, hitos y actitudes de caminar políticamente.De pan, paz y trabajo al presupuesto universitario.
¿Qué filosofía para qué práctica de marchas?
Formas geométricas, huellas y amistad.
En nuestra breve “Ontología de la movilización”, publicada en
la revista Segunda Época, intentamos abordar la pregunta por
la marcha en su diversidad rítmica, entre el paso, la pisada, el
baile, la señal y sus especulaciones, a veces abusivas, en torno al
acontecimiento. En el último párrafo asomó una histórica marcha cuya
consigna sigue enarbolándose en pasacalles que la evocan con la
marca de un hito de la organización sindical y su impacto en la
sociedad y en la historia del movimiento obrero: paz, pan y
trabajo.
En la movilización contra la abreviada “Ley de Bases”, además de una
represión que cruzó las propias normas del supuesto “protocolo”
hasta el despropósito, en medio de detenciones clandestinas que se
prolongaron como un bruto terrorismo en busca de un terrorismo
perdido, entre escenas montadas, violencia vulgar y reaccionaria, en
las esquinas del Congreso, inconmovibles, los pasacalles se dejaban
leer en toda su elocuencia: paz, pan y trabajo.
La marcha de fines de marzo de 1982 sigue diagramando una ontología
que se mira a sí misma en una praxis: la organización sindical, el
espejo que reúne a las multitudes en una columna hecha de columnas y
otras columnas, en marcha.
La organización de una marcha es el resultado de una planificación
recubierta de diálogos posibles o imposibles, negociaciones,
tiempos, anuncios, respuestas y silencios. ¿Cómo son las
negociaciones previas? Un abogado laboralista cercano a la central
obrera más grande del país –corría marzo de 1982 y estaban
prohibidas las actividades sindicales– recomendó a los principales
dirigentes no hacer la anunciada movilización a Plaza de Mayo en un
momento de altísima conflictividad. En su despacho recibió la visita
de una mujer que, luego de colgar un sombrero amplio en el perchero
de pie para abrigos detrás de la puerta, sin tomar asiento, se
limitó a advertirle sobre las consecuencias de la acción sindical
clandestina. Represión, persecución y muerte. El abogado se inclinó
hacia atrás en la silla de su escritorio. La miró a los ojos. “Si no
fueras mujer, te acompañaría hasta el hall y te empujaría por la
boca del ascensor”. La mujer se puso el sombrero y salió del estudio
sin saludar. La movilización se recuerda todavía como una de las
protestas más importantes en la lucha contra el terrorismo de
Estado. El impacto fue tan grande que los genocidas tuvieron que
llenar la plaza unas horas más tarde tratando de tapar el
enfrentamiento con los trabajadores con la supuesta recuperación de
las islas Malvinas. En ese momento, en la Argentina, como en este
mismo momento, a casi nadie se le hubiera ocurrido pensar que no
correspondía reivindicar la soberanía sobre un territorio ocupado
por un país extranjero. Sin embargo, lo que el campo popular exigía
no era una guerra, sino paz. Paz, pan y trabajo.
Ubaldini tuvo que esconderse durante varios días, cambiando de lugar
de residencia cada cuarenta y ocho horas. Lo buscaban para matarlo.
Unos días antes de la marcha ya había generado revuelo con Lorenzo
Miguel y miles de trabajadores y trabajadoras marchando a la iglesia
San Cayetano, en Liniers, una previa a la gran movilización a Plaza
de Mayo. Pedir por la paz puede conducir a la guerra. Una protesta
por el pan, al hambre. El reclamo de trabajo, al desempleo. Después
de la guerra, unos pocos años más tarde, el pan se convirtió en el
Programa Alimentario Nacional. El trabajo no tardó en volverse un
lujo para pocos. En medio de la miseria hiperinflacionaria seguida
de una convertibilidad que congeló los salarios y echó a la calle
todas las ilusiones de una revolución productiva que llegó a ser
sinónimo de salariazo, nacieron las organizaciones sociales de
desempleados. Ya no eran trabajadores pidiendo por mejores
condiciones de trabajo. Las grandes avenidas se convirtieron en
miríadas de desposeídos que no tenían nada más que su propia fuerza
para la lucha mancomunada. Estábamos en llamas cuando nos
despertamos. Y el país ya estaba prendido fuego.
Desde nuestro lugar de estudiantes universitarios, marchamos contra
la avanzada menemista que pretendía una vez más desarticular las
conquistas históricas de nuestro sector. Casi no teníamos trabajo,
hacíamos unos pesos, tampoco éramos pobres. Estudiábamos y vendíamos
libros o dábamos clases particulares de lengua y literatura o nos
esclavizábamos a alguna figura mediocre del circuito intelectual. Y
usted preguntará, ¿por qué marchamos en esos días? Nos concentramos
en la calle Puan para operar, de alguna manera, en la mesa política
que tramaba la Ley de Educación Superior (LES), actualmente vigente
con modificatorias. Salimos por la puerta del edificio de Filosofía
y Letras prácticamente haciendo fila. Caminamos por la calle
empedrada. Así de pocos éramos. El objetivo de mínima era mostrar
nuestra oposición cortando al menos un carril de la avenida
Rivadavia. Otra vez, a los pocos días, y por el mismo tema,
conseguimos un par de micros que nos trasladaron, desvencijados,
hasta la puerta del rectorado de la universidad. La sensación que
respiramos era que se trataba de la marcha definitiva, la más
fuerte, la que definiría para siempre el sentido mismo de un término
que remitía al Manifiesto Liminar de 1918: autonomía. Todo se jugaba
en dejar asentada con firmeza la negativa a la supervisión del gran
monstruo inorgánico que venía para auditar y hacer de gendarme de la
educación superior: la todavía poderosa y tan cacareada CONEAU.
¡Ay! Éramos muy pocos, aunque no podamos decir que fuéramos tan
pobres, porque en ese momento para estudiar no se podía ser pobre, o
al menos era casi imposible. Aunque la educación superior fuera
gratuita, no lo era en los hechos: había que gastar una fortuna para
ir hasta la facultad y conseguir los textos, tomar un café, volver a
casa. No había otras universidades en el conurbano, y ni se nos
pasaba por la cabeza que algún día podrían existir. Marchábamos,
nomás. Y la UBA ya había cerrado filas, por supuesto, en torno a lo
que más le convenía. ¿Qué duda podía caber?
Ese es el dilema, siempre, cuando se va a una marcha. Si la cosa ya
está fatalmente decidida de antemano o si estamos ante un posible 17
de octubre sectorial, al borde de cambiar la historia. Siempre esa
incertidumbre: si voy, ¿sumo?, ¿o mejor no voy nada, porque no
importa lo que haga ni lo que diga?, ¿es nuestra presencia
irrelevante tanto individual como colectivamente, o mi estar ahí es
lo que hace falta para que todo sea diferente?
En este sentido, frente al dilema de si voy o no voy a esta marcha,
la marcha que hay hoy, la marcha que está pasando ahora por la
esquina, se presenta un reclamo como posicionamiento. Siempre
estamos obligados a pensar en las condiciones de posibilidad para la
transformación de la realidad yendo de un punto a otro, en la
inquietud militante del que se sabe en alerta y movilización, hasta
que los pies, ya descalzos, ardidos de tanto caminar, descansen
desnudos en una superficie líquida. Las fuentes de la historia.
Después de la marcha llega el alivio. O la represión. No podemos
olvidar las motos de la Policía de la Ciudad con dos uniformados por
unidad, montados para para cazar, literalmente, a las pibas
organizadas que fueron arrancadas de las calles del Ni Una Menos en
una desconcentración que no fue otra cosa que un macabro ejemplo de
la feroz violencia machista, sexista, acosadora y vigilante que
clava sus garras de acero en la docilidad de los cuerpos en nombre
del orden y la seguridad.
Una tarde de sol, durante las jornadas del endeudamiento a cien años
que tiene al borde del abismo a nuestro país, las universidades
nacionales marchamos por enésima vez contra el ajuste del macrismo.
El frío se sentía menos en los fogones de los puestos de comida al
paso, con las brasas al pie del cordón de la vereda y la plancha
humeando bondiolas, chorizos, huevos fritos y hamburguesas; una
cortina blanca. Nubes de gloria, estado gaseoso de la más
maravillosa grasa de las capitales.
La movilización es la ruptura del tabú de tocarse con otros, un provisorio sentirse igual al que marcha a nuestro lado, paréntesis a la clase, la raza, el género. Elías Canetti, autor de Masa y poder, vería en las marcha del 12 de abril en defensa de la universidad pública, libre y gratuita una simbiosis entre masas de prohibición o negativas, cuyo paradigma es la que cumple con una huelga general, y masas de inversión, donde, según la expresión de Madame Jullien durante la Revolución francesa, “los corderos se comen a los lobos”. Y, para señalar que la inversión no es simple, nos recuerda que los corderos no son carnívoros; entonces, la metáfora sería la de una subversión soberana.
Un sindicalista universitario deja por un momento su puesto al
frente de su columna para respirar esa tormenta de amor, volutas
populares. Se le acerca un desconocido NPC (alguien que la va de que
no corta ni pincha, que no está participando, que está solo y de
casualidad, que no es parte de ningún colectivo) y le señala que
parado ahí la ropa se le va a llenar de humo. No importa, me gusta
este olor. Ah, ¿sí? Una de tres: o sos peronista, o sos comunista o
sos pelotudo. El militante gremial comprende que está ante un
servicio de inteligencia. No contesta y vuelve al frente de su
columna, releva a quien llevaba la tacuara con la bandera y sigue
marchando. Le comenta lo sucedido a una compañera. “¿Y no le dijiste
la verdad, que sos un pelotudo?”.
Cuando alguien se nos acerca y nos pregunta algo que nada tiene que
ver con la marcha, es un servicio. La respuesta correcta a esos
aprietes, dicen, es “Isabel Sarli”, “Elizabeth Taylor”, “Gina
Lollobrígida”, o cualquier otro nombre de mujer que remita a una
figura del espectáculo local o internacional. Eso neutraliza a los
servicios, lo toman como una especie de lenguaje secreto, una orden
que viene de arriba. Así de mal llevado es el código de la estúpida
inteligencia que opera en las marchas para generar conflictos a
partir de un chispazo intrascendente que se quiere fuego
incandescente seguido de abierta represión. La marcha contra el
intento de magnicidio de Cristina Fernández de Kirchner tuvo un
efecto desmovilizador. Luego de esa enorme convocatoria, se
desactivó la acción popular que hasta un día antes venía reuniendo
multitudes en el barrio de Recoleta, en defensa de la más grande
dirigenta política de la que se tenga memoria desde Eva Duarte de
Perón. ¿Qué pasó? ¿Dejamos de marchar por La Banda de los Copitos?
Nos equivocamos. La calle no se abandona, ni siquiera las de
Recoleta.
En la movilización universitaria más grande de la historia, hace
apenas unas semanas, otra vez, a más de cincuenta años del
Cordobazo, las centrales obreras y el movimiento estudiantil
volvieron a ocupar el espacio público bajo una misma consigna y
organización. Desde el Congreso hasta la Plaza de Mayo no cabía un
alfiler, era imposible dar un paso hacia adelante. No era una
corriente ni un río, era un mar de militancia, pero sin olas. El mal
gobierno había anunciado que se cumpliría el protocolo de seguridad,
una amenaza que parecía imposible en ese mar planchado en defensa de
la Universidad pública. Sin embargo, sin una obscena presencia
policial, el protocolo se cumplió en su invisibilidad como destino
fatal del sentido mismo de una marcha como tal. Casi un millón de
personas, detenidas. No podíamos dar un solo paso. Cuando nos
desconcentramos, estábamos todavía en el mismo lugar en el que nos
habíamos concentrado, con la idea ciega de que había sido una marcha
contundente y, por lo tanto, imposible de reprimir. Sin embargo, con
la desconcentración, un grupo mixto de policías se acercó a un
hombre para preguntarle si venía de la marcha. ¿Qué responder? El
hombre era Darabos, un abogado ligado a causas en defensa de los
derechos humanos y contra la violencia institucional. “Sí, vengo de
la marcha”. Lo molieron a palos ahí mismo. Quedó hecho un despojo
humano. Un millón de detenidos que no supieron nunca que estaban
detenidos. Un abogado de derechos humanos reducido a una bolsa de
huesos. Lo dejaron con vida.
A Nietzsche le gustaba caminar. No en medio de la multitud; lo suyo
era más bien solitario. Cuando pensaba en la figura del filósofo,
solía despreciar la escena del escritorio, los libros, los papeles a
medio escribir, el humo del tabaco, el licor y la rumia del
pensamiento estático. Nietzsche quería pensadores que se animaran a
pensar en movimiento, caminando o bailando. El caminante es más
parecido al ultrahombre nietzscheano que el filósofo encerrado en su
torre de marfil elaborando su porquería edificante bajo el manto
oscuro del gran pensamiento que no es más que un eufemismo de la
idea. ¡Las ideas no están en ninguna parte, siempre se encuentran en
estado de alerta y movilización! Las ideas no están en el
topus uranus platónico; se piensan caminando, pateando la
calle.
Ahora, cuando marchemos, pensemos: ¿qué significa un grupo de
personas, por pocos que sean, militando a un presidente de la
ultraderecha, apoltronados frente al Congreso nacional mientras el
presidente hace su diatriba dándole la espalda al Parlamento? Las
vallas antidisturbios se mantienen firmes y la breve multitud
televisiva grita una consigna para que explote en tu cabeza. Es una
profecía que se cumple hoy en los bolsillos, en las heladeras, en
los bares, en los comercios, en las rutas de todo el país, en la
industria arrasada, en las mesas de miles y miles de argentinos y
argentinas que no tienen ni el comedor comunitario para ir a buscar
un plato de comida. Son voces que explotan en tu cabeza como cuatro
cañonazos de un panzer alemán: ¡No hay plata! ¡No hay plata! ¡No hay
plata! ¡No hay plata!
La Plata es la capital de la provincia de Buenos Aires, bastión de
la resistencia contra quienes se arrogan el derecho de gasear,
golpear, detener ilegalmente y privar de la libertad hasta la
tortura –hay testimonios de detenidas y detenidos que permanecieron
más de treinta horas con esposas en un pasillo de una penitenciaría–
bajo la acusación de terrorismo, entre más de una docena de otros
cargos igualmente hiperbólicos y absurdos. Las fuerzas de seguridad
se movilizan, avanzan, marchan, y si es necesario pasan por encima
de quienes se están manifestando, porque ya no hay manifestación
“pacífica”. Lo que se manifiesta es hoy un acontecimiento
impredecible. Nadie sabe qué puede alcanzar una manifestación en la
era de la manifestación de lo manifiesto, de lo que se hace visible
para multiplicarse en la virtualidad infinita de las pantallas que
suponen otro modo de la pancarta, el volante, la fiebre de las
consignas, el ritmo que no se detiene sin plata, y que arranca de
las calles una mueca de cinismo entre quienes no terminan de
detentar un poder porque saben que ese poder no está en un recinto,
sino en disputa, del otro lado de los ventanales.
“Todos los ríos simbólicos constituyen un corte que define la vida del que realiza el cruce. Por ejemplo, Jesucristo se revela como lo conocemos después de su bautismo en el río Jordán. Son los últimos tres años de su vida. Los treinta anteriores los desconocemos, porque quedaron del otro lado del río. Ahora bien, ese cruce simbólico de las aguas contaminadas que hace el peronismo accediendo a la ciudad blanca lo convierte en un acto político ineludible que transforma a la ciudad que fue penetrada. Con ese cruce, ya no podrá ser ignorado. Pero lo fundamental está en la manera en que lo hace: cuando va a cruzar, los puentes están levantados para impedirlo. La memoria custodia esa imagen del puente levantado tratando de impedir que la turba ingrese a la ciudad. Se pretendió que no cruzara el río, pero de todas maneras lo hicieron; incluso contaminándose con esas aguas. Llegaron a la plaza del palacio donde está la fuente de agua pura que nutre toda la ciudad y, en un hecho casi ominoso, metieron las patas en la fuente. Queda como testimonio el famoso poema de Leónidas Lamborghini que lleva ese nombre. Esa es la ofensa fundacional, esa ofensa inolvidable que condiciona la relación del peronismo con la ciudad blanca”. DANIEL SANTORO