La llanura universal de Hudson
JUAN LAXAGUEBORDE
William E. Hudson nació en 1841 en la quinta Los Veinticinco Ombúes,
que por entonces pertenecía al partido de Quilmes. Hoy es parte del
municipio de Florencio Varela. Muy cerca está la estación de tren
que lleva su nombre. Era una zona despoblada, en plena llanura
pampeana, pero muy cerca del Río de la Plata. El arroyo Conchillas
serpenteaba a pocos metros de su casa. Fue escritor y naturalista,
especialista en pájaros. Sus padres eran inmigrantes
norteamericanos. De niño partió con su familia a la zona de
Chascomús, donde vivió hasta la muerte de su madre, a sus 18 años. A
la manera de un duelo errante, anduvo por la pampa a caballo, como
un gaucho jornalero atento de otra manera al territorio, menos
heroico que lo que luego escribiría el género gauchesco y más
respetuoso del contexto, que no quería dominar ni ignorar, sino que
era la razón de su vida. Llegó hasta la frontera de la llanura con
la Patagonia, en la zona del río Negro, por Carmen de Patagones y la
isla. En 1872 volvió a Buenos Aires y ahí nomás partió a Inglaterra,
de donde no volvió. Todos sus libros los escribió en Londres y en
inglés: memorias, catálogos sobre aves, cuentos, novelas, ensayos
sin centro, crónicas de aventuras y relatos fantásticos. Con los
años se fueron traduciendo. Murió durmiendo en su escritorio en
1911.
Ezequiel Martínez Estrada, que escribió un libro bellísimo sobre su
vida, su obra y los recodos secretos que salen de conocerlas, lo
tituló El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson para
argentinizarlo. Borges dijo que era un escritor argentino en idioma
inglés, enfatizando las paradojas de la literatura nacional, y
recordó para siempre una frase de Hudson que sirve para entenderlo
en profundidad: “Muchas veces emprendí el camino de la metafísica,
pero siempre me interrumpió la felicidad”. Esa felicidad era una
calandria, un ñandú o la sombra de un monte de eucaliptus.
La quinta natal es ahora un museo provincial. Todavía queda uno de
los veinticinco ombúes que la acompañaban. Es una casa pequeña y
sencilla, con techo a dos aguas y estructura rectangular. Visitarla
se parece a una expedición en busca de sus huellas, que aparecen
enseguida, porque el lugar hace las veces de reserva no solo natural
sino histórica y bucólica. No podemos dejar de pensar en el paso del
tiempo, en el urbanismo, en el siglo XX, en la industria y en todo
el horizonte que tenemos adelante, lo veamos o no.
Su libro más famoso se llama Allá lejos y hace tiempo. Son
las memorias de su infancia a la intemperie y contento. Pero también
un recuerdo sobre los sentidos de un niño antes de echarse a perder
por la civilización, la modernidad y el humanismo gris. Lo escribió
a los ochenta años. Durante varias décadas fue de lectura
obligatoria en las escuelas primarias. Hudson añora los tiempos en
los que no pertenecía a nada, mejor dicho, cuando quería integrarse
nada menos que a la naturaleza, a lo viviente sin más. Es como un
anticipo de las partes más sencillas y reivindicables de las teorías
posthumanistas de hoy, con Donna Haraway y Vinciane Despret a la
cabeza. Esta última editó hace poco un libro llamado
Autobiografía de un pulpo. Un capítulo de
Un naturalista en el Plata, de Hudson, se llama “Biografía de
la vizcacha” .
La de Hudson es una sintaxis legendaria que se puede encontrar de a
partes en los posthumanistas, pero que escribe como nadie. Porque a
la intuición y al autodidactismo les agrega un fraseo como de cuento
de abuelo o de linyera sabio. Hudson quiere discutir a su manera con
una parte del humanismo, por ejemplo, la educación instrumental,
racional, a la que se ven expuestos los niños de casi todo
occidente. Este libro habla de eso, de la inocencia y de qué saber
hay dentro de la inocencia. Para Hudson, en el niño hay un saber que
se pierde. Como niño, había aprendido entre alfalfas, rescatando
sapos de las complicaciones de las zanjas, trepando casuarinas,
durmiendo entre unos corderos y escuchando al instructor en inglés
que iba casi todos los días a su casa. Escribe para revivir la
energía de ese saber-niño que el tiempo degrada.
Allá lejos y hace tiempo es un clásico innegable de los
momentos fundaciones del país, cuando todavía podía debatirse casi
todo porque se estaba gestando.
En muchos de sus libros se nota su juventud, su época argentina,
atravesando un territorio sin alambrados. Un escenario habitado por
instituciones del Estado, hacendados, gauchos e indios. Pero todo
junto, a la buena de Dios, abierto, expansivo, lleno de promesas y
dudas, tantas como luciérnagas, chimangos, chajás, vacas, estancias,
quintas, fortines, pueblos, caminos y problemas había.
Si leemos Días de ocio en la Patagonia, por ejemplo, podemos
decir que es un libro sobre las vicisitudes de su juventud buscando
en los rincones de la pampa el otro lado del trabajo y de las
noticias de la ciudad que ignoraba. Puede fascinarse con la nieve y
cotejar su propia teoría del color blanco con la de Melville en
Moby Dick. Puede conversar con una víbora en una casilla
perdida cerca de la unión del río con el mar o intercambiar saberes
con un puestero en alguna estancia que le dio cobijo, de la que
añora el jardín, que no por humano deja de ser abigarrado y
caótico, donde ve juntas zarzas, espinos, unas flores “buenas
noches”, amapolas aisladas, dedaleras blancas y rojas,
enredaderas... “Todas forman una especie de horizonte”. Puede
recordar a Sosa, un ladrón de caballos y caudillo de la frontera con
los indios que despertaba celos en Juan Manuel de Rosas cuando era
gobernador. Puede decirle dictador a Rosas y años después contar, en
Allá lejos..., que en el comedor familiar había un retrato
suyo colgado en una de las pocas paredes. Puede contar la historia
de la vaca jefa de los chanchos y rematar que eso le enseñó que
“muchas veces el hombre está por debajo de los animales”. Puede
narrar la sed en una jornada de desorientación, arena y cardos.
Puede contarnos la historia de Mayor, un perro al que quiso mucho
durante sus días de ocio, y recordar anécdotas de la caza de
avutardas para el desayuno. Son fábulas de verdad, que sin querer
enseñan el corazón animado, lleno de vida, de seres y de pormenores
tan cómicos como dramáticos, como bellos e imperfectos, que
atraviesan toda la llanura bonaerense.
Su vida, escrita por él mismo en varios libros, parece la novela de
un gaucho naturalista que quiere huir del alambrado hasta que
termina huyendo de su territorio. “Deseoso es aquel que huye de su
madre”, decía el cubano barroco José Lezama Lima. Madre, naturaleza
y madre naturaleza. O madre tierra, o patria. Todo junto.
En su Historia del alambrado en Argentina, Noel Sbarra nos
cuenta que, para los primeros años posteriores a la caída de Rosas,
eran habituales las tertulias modernistas en lo de José de Guerrico,
pionero, político, capitalista de las oportunidades del progreso
industrial, coleccionista de arte francés (una sala del Museo
Nacional lleva su nombre), inversionista para los primeros tendidos
de gas y agua corriente y hasta miembro de la Asociación de Amigos
de la Historia Natural del Plata. Allí se cuenta que fue en una de
esas tendidas donde se discutió por primera vez quién había sido el
latifundista que se tentó con el alambrado por primera vez. Era el
cónsul del rey de Prusia, Francisco Halbach, que alambró su estancia
Los Remedios, en Cañuelas, hacia 1855, para que no se le
desorganizasen sus miles de ovejas.
Cada momento de Hudson tiene su correlato libresco. La propia
persona que vivió de forma ociosa, curiosa y paseandera en la
naturaleza bonaerense fue quien escribió cuarenta, cincuenta años
después de haber vivido distintas peripecias. Lo escribió un poco
para contarse a sí mismo su propia vida y otro poco para dar cuenta
de la convivencia con la vida no humana. Un tipo de escritura llana
pero a la vez cargada de una profundidad existencial y crítica con
respecto a cómo queremos vivir y cómo podemos vivir con la
modernidad al lado. Esa experiencia de vida desplegada en textos que
fueron escritos en Inglaterra conversa con problemas del presente,
problemas de índole artística, filosófica, política, cultural con
respecto a qué pasa con lo que le pasaba a Hudson. Digamos, con el
ambiente, con los biomas, con el exterior. Me parece que poner la
obra y la vida de Hudson sobre la mesa es invitar a estos debates
contemporáneos a una persona que escribió sobre esas cuestiones de
una manera desinteresada, sin especular. Era un no moderno con
astucias de otra índole, instintivas e inteligentes, ilustradas de
manera desordenada pero comprometida, como los trabajos de
recolección y serialización que hacía con aves acá y en Europa, que
lo volvieron una referencia central del naturalismo con las
décadas.
En el arte argentino, y en las artes visuales en particular, la
cuestión de “lo verde” es un tema central, más que nada en las
grandes instituciones globalizadas actuales, del Estado y de los
señores del capital. Aunque Hudson no era artista visual, era sí un
artista que nos daba pistas para pensar históricamente ciertos
problemas. Como fue contemporáneo de los orígenes del arte
argentino, quizás se puede hacer el ejercicio de ponerlo en serie
con esos orígenes y ver cómo cambia toda la historia del arte. Si
ponemos a Hudson al lado de Prilidiano Pueyrredón, de De la Valle,
de Malharro, de Schiaffino, ¿qué otra corriente puede salir de ahí?,
¿qué otro ramal del ferrocarril del arte argentino puede salir de
todo eso? Argentina está hecha de textos fundacionales, de pinturas
fundacionales, de instituciones fundacionales, y en ninguno de esos
tres aspectos está Hudson. Quizá alcance con recordar que Hudson es
parte de la historia argentina y que, mientras en las ciudades la
vida tenía un solo destino, que era el destino del progreso
industrial, el desarrollo y la urbanización, había una persona como
Hudson viviendo más o menos cerca de la ciudad de otra forma, con la
suficiente intensidad como para después con eso desarrollar una
filosofía de vida. Es algo así como recordar que el fantasma Hudson
habita en la cultura argentina como el fantasma Sarmiento, el
fantasma Borges, el fantasma Silvina Ocampo, el fantasma Arlt, el
fantasma Del Prete o el fantasma Alfonsina Storni. Además, existe
ese fantasma justo en este momento donde se están debatiendo los
temas que Hudson vivió y desarrolló en su obra.
¿Qué historia del arte sale si empezamos por el retrato de Manuelita
Rosas que pintó Prilidiano Pueyrredón? ¿Qué historia del arte sale
si empezamos, en cambio, por Un alto en el campo, también de
Pueyrredón? Cada uno puede hacer el ejercicio yendo a la planta baja
del Museo Nacional de Bellas Artes. A mí me parece que el cuadro de
Manuelita representa el poder, es algo más ideal, casi
escenográfico. En cambio, el otro parece un poco más una foto de lo
que sucede en un lugar, de ahí que me parezca una obra
hudsoniana.
La relación de Sarmiento o de Rosas con la naturaleza es una
relación dialéctica, instrumental, racional. En cambio, la de Hudson
es una relación contingente, errante y mucho más a escala humana. Se
relaciona con lo que ve, con lo que toca, con lo que huele, no hay
más allá de eso que tiene ahí a cien metros alrededor, a lo que
llegan sus prismáticos. En cambio, ¿cuál es el límite de cualquier
otro político del siglo XIX? No hay límites, o el límite es el mar,
para decir alguno. Porque todo lo pueden planificar desde un mapa.
Es como si Hudson fuese alguien que no tiene mapas. No aparecen en
la obra. Los demás son políticos iluministas con mucho escritorio,
están en el escritorio con sus mapas. Se da un dualismo entre
representación e inmediatez.
La noche antes de morir había terminado de escribir
Una cierva en el Parque de Richmond, que registra el proceso
de reflexiones que se van hilando por cientos de páginas y que
empiezan cuando se da cuenta de que la cierva escucha de una manera
particular y que sus movimientos reflejan esa rareza. En la
singularidad del animal pone la punta de la singularidad del alma
humana y de todo lo que se puede hacer con la sensibilidad atenta,
atravesada por la provincia de Buenos Aires, Londres, las caminatas
y los trotes en su alazán, todo pegado a su corazón anciano. En el
último párrafo de este, su último libro, se hace dos preguntas
tremendas, de bonaerense universal: “¿Qué podría reemplazar al arte,
estando todo el mundo hecho en un mismo molde, si el arte muriera?
¿Cómo podría ser expresado al final el sentimiento de la belleza y
el deseo de mostrar la emoción que lo crea?”.