EL LIBRO QUE VENDRÁ

JURBN o la destrucción

DANI ZELKO

¿Qué es una identidad?
¿Una pertenencia fija y heredada?
¿Una adscripción política?
¿Una condición fraterna al lado de los más vulnerables?
Dani Zelko escribe sobre esa experiencia en un libro de próxima aparición.

Mi tío abuelo nace en Floresta en los años treinta. En el 48 se crea el Estado de Israel y se va para allá, la ansiada patria para su pueblo exiliado. La primera noche se acuchilla con las personas que viven en el lugar donde él quiere hacer su mundo mejor: vida comunitaria, trabajos rotativos, jerarquías disueltas. La primera construcción de su kibutz no es una carpa, no es un pozo de agua, es un cementerio donde enterrar a tres de nueve. ¿Que cuántos palestinos acuchilló mi tío? Por su forma de inclinar la frente y levantar las cejas, supongo que bastantes. Cuarenta y dos años después nazco yo. Sesenta y dos años después, él viene de visita a Buenos Aires y vamos a buscar la casa donde nació. Segurola y la segunda o tercera paralela a Juan B. Justo para el lado de Monte Castro. Caminamos por la vereda y él acaricia los paraísos. Son los mismos, dice, cambiaron pero son los mismos, mis favoritos. Que hace años no siente miedo, que en mil nueve sesenta y siete entró a trabajar en el Mossad. Lo agarraron, lo encapucharon y lo entrenaron como en las películas. Empiezo a escuchar con más atención. Me dice que no ponga cara de escucha, que lo que me está por contar es secreto. Cómo pasaban fronteras con sigilo, cómo volaban aeropuertos con arreglos, cómo hacían documentos con prolijidad, cómo ponían bombas en autos de líderes palestinos, del aeropuerto al hotel, del hotel a la calle, pasando papelitos, sacando fotos, cambiando chapas, sincronizando relojes, desaprendiendo reflejos, inventando códigos secretos. Ghassan Kanafani. Enter. Nace en Palestina en mil nueve treinta y seis. Zoom en Acre, una ciudad pequeña cerca de Nahariya. Al norte de lo que en 1948 empieza a llamarse Israel, luego de una reunión de Naciones Unidas. En una mesa despliegan cuadernos y mapas y firman y los guardan. Como desplegaron otros cuadernos y mapas y se repartieron África y firmaron. Kanafani y su familia escapan a Líbano y luego a Siria. Su padre es juez, se dedica a confrontar la ocupación británica. Y Ghassan empieza a trabajar para confrontar la ocupación israelí. Que son lo mismo pero no es igual. Entonces estudia, conoce gente, organizaciones, se une al Frente Popular para la Liberación Palestina, hace una imprenta, escribe, publica, arenga, de mano en mano, con casi nada; son los setenta: radicalizar, radicalizar, la vía pacífica no existe más, no se puede vivir sin tierra, sin agua, sin lengua, veinte años en campos de refugiados, ¿de qué no violencia estamos hablando? Un día reparten veintitrés mil. Veintitrés mil impresos en un día. Se juntan a celebrar, entre rodillos y tipos móviles y pilas de hojas y olor a tinta. Y botellas y libros y manos y en un momento se despiden: chau, hasta mañana, y Ghassan sale por la puerta del portón. Camina con su sobrina hacia el auto y mete la llave en la cerradura y abre la puerta y se sienta. La butaca está fría. Contrae los hombros, mete la llave en el arranque y enciende. Una bomba de tres kilos. Que puso mi tío abuelo. Mientras Kanafani festejaba que su pueblo y sus palabras se estaban moviendo. Mi tío abuelo se entrenó para ponerle una bomba al auto de Kanafani, una suerte de Rodolfo Walsh palestino. Llamo a las exhijas. ¿Puedo ser exnieto? Pero, ¿vos no eras nieto del holocausto? Las filiaciones... los parentescos... qué misterio... Exhija de un genocida, nieta del fogón que alimenta tu abuela en el patio. Nieto de una diáspora, ex de un bar, de un mandato, de una plegaria, de una generación. Algunas cosas pasaron antes. Otras no. Mi tío abuelo me dijo: matar o morir. Kanafani me dijo: podés cambiar el relato de tu vida. Bien arriba de la cordillera de los andes mapuches me sentás bajo un árbol y me pedís una intención para la ceremonia. Rastrear en mis cuerpos actuales y antiguos formas de transformación de la violencia. Empezás a cantar y cierro los ojos y mi piel desde las uñas se vuelve tornasolada, azul y verde, y una deidad de la muerte con dedos largos y afilados me agarra la espalda, me aprieta, me hace firmar papeles. Y una cachetada en la cabeza me abre los ojos y vos gritás y escupís y eructas y tosés y corrés alrededor mío encendiendo fuegos y cierro los ojos y afuera de mi casa unas viejas me reclaman deudas revoleando pagarés y me zarandean, y por un sendero de piedra violeta llegás a los alrededores de mi cerebro. Está rodeado de alarmas y sensores, no te dejan entrar, y me eyecto de la tierra y me sumerjo en el éter, es todo agua, la atmósfera que rodea el planeta no es aire, es un agua leve que no opone resistencia, y nado sobre los continentes, son mares abiertos, y un rey me agarra del cuello y me tira en un sótano medieval cubierto de moho y estoy raquítico y pálido y un verdugo encapuchado me corta la cabeza con un hacha y abro los ojos. Quedo nublado, tendido en la tierra, entre las ramas de los pinos el sol. Me levantás y me cargás hacia la casa: Un día vas a volver a ser ancestro, y mortales e inmortales van a estar en tu muerte, siendo parte de tu vida y la de los demás. Dani, sos de un pueblo ancestral, no entiendo cuál, y dentro de ese pueblo tenés un rol. Soy judío. ¿Cómo judío? ¿Y qué pensás de lo que pasa en Palestina? Bueno, en alguna parte de tu árbol se perdió un legado. Un tatarabuelo te está pasando una soga. Tenés que ir a buscarlo.


Buenos Aires, casa de mis padres, caja de recuerdos desordenados. Una foto en blanco y negro, veinte personas en dos filas, mujeres y hombres, trajes ceñidos y vestidos escotados, los de atrás de pie, los de adelante sentados, todos de brazos cruzados y al frente un hombre en el piso, cadera quebrada, mano en el muslo, anteojos tipo Lennon. Es el único que está en el piso. En su gesto insolente reconozco mi frente. Detrás de la foto una oración en idish escrita con pluma negra; mi madre me la traduce al oído: Reunión del Movimiento Iluminista Judío, Vilna, 1875. ¿Quién es? Llamamos a mi tía abuela que vive en Israel desde los años cincuenta. Es Yosef Eliyahu Trivush, tu tatarabuelo, traductor de Tolstoi al hebreo, tradujo Anna Karenina y Guerra y paz. Publicaba cuentos, novelas y escritos críticos del Talmud. Googleo y encuentro un diario del levantamiento del gueto de Varsovia. Un sobreviviente cuenta que una noche, en medio del levantamiento, se meten en un sótano a leer “la traducción de Trivush de Anna Karenina”. Y yo en 2023 preguntándome por la relación entre lengua, espiritualidad, política y violencia. Le mando la foto a María y le cuento de mi nuevo tatarabuelo: “Ahora entiendo por qué actuás con tanta seguridad, tenés la canchereada en la sangre”.