Del no matarás a la muerte en vida
MARÍA MORENO
Un día de noviembre de 2004, un filósofo cordobés –también pintor y poeta– tuvo una especie de epifanía negativa o satori de constricción –yo no soy filósofa–, una conciencia brusca de que la muerte de un hombre a manos de otro hombre es un crimen, aunque sea en nombre de una palabra talismán de la época (“revolución”). Le sucedió como un rayo, al leer el testimonio de Héctor Jouvé, ex miembro del EGP, Ejército Guerrillero del Pueblo, ensayo de “foquismo” de poco más de veinte hombres para expandir la revolución bajando por las montañas de Orán, hacia Jujuy, donde después fueron apresados por los gendarmes, luego de resistir durante cerca de nueves meses –de hambre, muertes por accidente (despeñamiento), infecciones, fuego amigo– formando parte del grupo que planeaba continuar las acciones del Che en Bolivia y de allí al resto de Latinoamérica. El contacto logístico era el pintor y combatiente mendocino Ciro Bustos, íntimo del Che, que envió al EGP al jefe de su escolta, Hermes Peña, y a su chofer, Alberto Castellanos. El jefe del EGP era el comandante segundo –obvio que el Che era el primero–. Se llamaba en realidad Jorge Ricardo Masetti, argentino de Avellaneda, como el Tigre Millán y Néstor Perlongher, famoso por su libro Los que luchan y los que lloran, fundador de la agencia de noticias cubana Prensa Latina y el primero en entrevistar al Che y a Fidel en plena selva, cuando la revolución esperaba la hora señalada. El testimonio de Jouvé –un cordobés alto, con rigurosos bigotes nietzscheanos– fue registrado como parte del documental La guerrilla que no fue para el Centro de Formación Cinematográfica de México. Ni el documental ni la guerrilla fueron, por distintos motivos, pero dejaron huellas que se multiplicaron de algún modo en miles de palabras, como se verá más adelante, que ya tenían la revolución a sus espaldas. Aunque la experiencia había sucedido en los primeros sesenta, el filósofo, que se llamaba Oscar del Barco, se detuvo conmovido ante el relato de la muerte de dos compañeros a manos de los suyos después de un juicio sumario. Jouvé cuenta su oposición a la primera ejecución y su ausencia durante la segunda. El Pupi y Carlitos fueron considerados “probables traidores”. En realidad parecían afectados en distinto grado por síntomas de deterioro psíquico, y sus muertes debían servir, aunque esto nunca sucedió, ni allí, ni en Montoneros, ni en Sierra Maestra, ni entre los kulaks a manos de Lenin, para levantar la moral revolucionaria y persuadir de no escapar. El testimonio de Jouvé apareció en diciembre de 2004 en la revista cordobesa La Intemperie. En el siguiente número aparecería la carta de Del Barco, que fue más comentada que las del Unabomber y protocolar en su despedida: “Lo saluda. Oscar del Barco”.
Han votado a Trump no a pesar de ser un corrupto y un mentiroso, sino porque es las dos cosas. Apoyan a Netanyahu no porque no crean en el genocidio, sino porque él lo practica. Apoyan a Milei porque mata de hambre a todos los demás mientras a nosotros nos hambrea a cambio del goce masoquista de su imagen con la motosierra y sus balbuceos megalómanos.
LA CARTA BOMBA
El testimonio tiene su origen en el espacio jurídico y siempre se
dirige a alguien, alguien que pretende dilucidar un hecho pero que
no permanece neutral. Como describe Héctor Schmucler en la
entrevista que publicamos en este número: “Puede haber alguien
contando su versión de las cosas frente a un interlocutor que
interroga y el papel del que interroga es tratar de empatizar en
determinados puntos. Depende de lo que se pretenda buscar, no la
verdad sino el problema al que quiere referir la escucha –y esto lo
saben los psicoanalistas y los antropólogos–, que ayuda a afinar una
manera de inducir cierta manera de hablar del testigo”. El silencio
sobre la autoría del texto por lo menos sorprende. Porque ¿con quién
hablaba Jouvé? ¿Quién era su interlocutor? Del Barco propone una
responsabilidad en primera persona del plural a la que invita a
todos bajo el mandato de no matarás.
Para ilustrar su conmoción usa una figura arriesgada: “Al leer la
entrevista con Héctor Jouvé, cuya transcripción ustedes publican en
los dos últimos números de La Intemperie, sentí algo que me
conmovió, como si no hubiera transcurrido el tiempo, haciéndome
tomar conciencia (muy tarde, es cierto) de la gravedad trágica de lo
ocurrido durante la breve experiencia del movimiento que se
autodenominó ‘Ejército Guerrillero del Pueblo’. Al leer cómo Jouvé
relata suscinta y claramente el asesinato de Adolfo Rotblat (al que
llamaban Pupi) y de Bernardo Groswald, tuve la sensación de que
habían matado a mi hijo y que quien lloraba preguntando por qué,
cómo y dónde lo habían matado era yo mismo”. Acusa y nos acusa de
matar a los hijos de los otros y de proteger a los nuestros. Por eso
levanta su propuesta imposible pero prescriptiva de
no matarás, ese imposible tanto como
Amarás a los otros como a ti mismo. Habla del hijo muerto de
Juan Gelman, ya para entonces su amigo. Héctor Schmucler tiene
muerto a uno de los suyos, Pablo. Entonces nos enteramos de que
quienes tomaron testimonio a Jouvé fueron dos hijos de ellos:
Ciro del Barco y Abril Schmucler.
La carta de Del Barco no era como la carta robada, no estaba tan a
la vista en el correo de lectores de La Intemperie, sino en
un rinconcito.
No era un razonamiento, sino una constricción, dice Del Barco. Pero
solo simula en su teatralidad, su retórica y su diatriba, su legado.
Y si fue respondida con creces fue por aquellos a los que en el
fondo se dirigía: la intelectualidad de izquierda argentina. Puesto
que el testimonio goza de una escucha y esa escucha marca a fuego a
quien habla, los psicoanalistas lo llaman transferencia. Y
Walsh, que murió menos por sus ideas que por no poder realizar su
utopía –el reportaje es de Ricardo Piglia–: “en sociedades no
capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución,
gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el
testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos
equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se
le dedican a la ficción”.
Del Barco diferencia en su carta a los que secuestran, matan, torturan y gozan con el sufrimiento ajeno de los que secuestran y matan; nada que ver con la teoría de los dos demonios, como se interpretó en algunas objeciones a su carta.
UN GUERRILLERO
Héctor Jouvé no se explaya en su testimonio sobre su situación de
comisario político, tampoco en sus diferencias con el comandante
segundo, pero lo describe con un término psiquiátrico:
“ciclotímico”. Ganador, un poco “banana”, pagado de sí mismo como si
fuera el porteño de los chistes, quizás nostálgico de sus días de
protoguerrillero mítico, en contacto con la élite de Sierra Maestra,
mal llevado, cuando está furioso le dispara a un pajarito y le
arranca la cabeza. Del Barco diferencia en su carta a los que
secuestran, matan, torturan y gozan con el sufrimiento ajeno de los
que secuestran y matan; nada que ver con la teoría de los dos
demonios, como se interpretó en algunas objeciones a su carta. O, en
todo caso, como escribió Luis García, si hay dos demonios para Del
Barco, los hay para condenar a ambos y no para licuar las
diferencias entre uno y otro a favor de la impunidad de uno de
ellos. Y esa diferencia sería la crueldad, palabra que, sin teorizar
demasiado, se impone ahora mismo bajo el imperativo de una moda,
certeza marketinera para una política que se ve cada día más
imposible de nombrar con las categorías que solíamos tener. Bifo
Berardi habla de mutación tecnoantropológica.
Si la guerrilla, tan sexy como se la consideró en sus tiempos
–tanto, que la empresa Citroën promocionó su producto como “el auto
que usan los tupamaros”–, fusila a los probables traidores, es justo
que, en las dudas de su éxito político, la dificultad del
territorio, o por crecientes disidencias con el proyecto, se intente
escapar. Del Barco no se detuvo en la parte del testimonio de Jouvé
en que este cuenta que cuando venía casi al borde de la extenuación
le sucedió algo extraño: “Antonio cayó unos 30 metros y yo me caigo
hacia otro lado, hacia una corriente de agua que me chupa, una
playita que mirábamos desde arriba y llamábamos ‘el lugar de la
muerte’ (yo le había dicho a Hermes, mirando desde arriba: ‘mirá,
tan bello y sin embargo es el lugar de la muerte’) y mi caída fue de
esas historias rarísimas, que uno cuenta y le dicen ‘qué
estupidez’... porque no me pasó nada prácticamente, no me ahogué,
casi no me golpeé, ...no sé cuánto estuve abajo del agua. Pero
realmente era un momento placentero, bien placentero, era una
sensación de no peso, como que nada pesaba, ni el cuerpo, ni las
piernas, ni los sentimientos, ni los pensamientos, nada, nada... era
un estado de... no sé qué cosa parecida... como un estado de placer
puro, un estado puro, sin sensación de tiempo, espacio... y no
tragué agua. Yo tengo la sensación de que respiraba, pero no estoy
seguro, porque ¿cómo voy a respirar abajo del agua?”. Las palabra
“placer” y “placentero” insisten, y quien transcribe traduce en
puntos suspensivos aquello que debe haber sido una serie de
silencios, en busca del relato preciso para que le crean lo que él
mismo parece no creer: que el lugar de la muerte sea el lugar del
placer o, mejor dicho, que lo que bautizó como “muerte” fue vida
plena, ausencia de dolor, un estado flotante que expulsa el
cansancio y el alerta revolucionario. Sería fácil decir que es una
fuga de la revolución, de sus arduas exigencias. Podría ser uno de
esos momentos suspendidos, que no se miden en tiempo y donde el
deseo se impone sobre una realidad desgraciada, como ese en que el
Che –sentado a horcajadas en una rama, en plena selva– leía a León
Felipe.
En las montañas de Salta hubo varias visitas, entre ellas, las de
Pancho Aricó y Oscar del Barco. En el primer número de la revista
Pasado y Presente hay un elogio del EGP de Aricó vía Antonio
Gramsci. La que fue considerada la primera guerrilla argentina fue
derrotada en abril de 1964. Su primer operativo iba a ser tomar el
pueblo de Yuto el 18 de marzo, pero a esa altura los guerrilleros
solo pensaban en no morirse de hambre –su última comida había sido
un mate cocido alcanzado por Hermes Peña, y la última en libertad,
una sopa de tomate que les dio un guardia luego de su detención–.
Héctor Jouvé fue condenado a cadena perpetua e indultado en 1973,
durante el gobierno de Cámpora. En el 76 se exilió en Suecia. Vuelto
a Córdoba, se recibió de psiquiatra y mereció la entrevista de Jorge
Lanata, a quien hizo esperar porque estaba “atendiendo”. Lanata no
esperó y después inventó todo, como ahora. Murió en 2015. No es
cierto, como cuenta en su testimonio, que se unió al EGP porque
estaba desilusionado del PC, tenía un jeep de la Segunda Guerra y se
había comprado un arma. Había sido entrenado en Argelia. A pesar de
que dijo su verdad a través del testimonio, no pudo evitar que en la
mayor parte de las necrológicas se informara que murió de una “larga
enfermedad”.
Héctor Juan Jouvé
Y extrañamos a esos sabios humanistas Oscar del Barco y Héctor Schmucler, ahora que la vida está en riesgo, como dice CRI, el Comité de Revolución Imaginaria –sí, más que nunca esa palabrita–. Por una revolución portátil, multiamorosa, transfeminista, hacker y amen –sin tilde–. Pero antes, siguiendo a esos cordobeses, hacer la crítica de nuestros 70.
LA CRUELDAD DESDE EL VAMOS
Su criticada expresión “asesinos seriales” mereció la aclaración de
Del Barco de que se trataba de una “trampa para rubias”, y a mi
juego me llamaron, aunque sea una rubia falsa, como todas las rubias
verdaderas –Del Barco entendería esta paradoja–. Pero los
fusilamientos en la guerrilla repiten una misma escena como en los
crímenes de los asesinos seriales, en quienes es común la causa
moralista o el punitivismo ejemplar.
La carta de Del Barco, las respuestas y el testimonio de Jouvé,
cuyas segunda y tercera parte fueron registradas por Sergio
Schmucler, se publicaron por primera vez en 2007 bajo el título de
No matar: sobre la responsabilidad, con los sellos Ediciones
del Ciclope y Universidad Nacional de Córdoba.
¿Cómo resonaría hoy el imposible no razonamiento pero siempre
inolvidable de “no matarás” de Del Barco? Sin duda fue pronunciado
desde un humanismo que todavía no pensaba en los derechos de las
bestias. Y Bifo Berardi se tomó su trabajo en buscar la palabra
brutalismo en su ensayo “Brutalismo supremacista
libertario-capitalista” (blog Lobo Suelto, 25 de mayo de 2024),
pensando la brutalidad en un sentido que se acerca más a la crueldad
que a la animalidad.
No solo ha desaparecido la internacional obrera, sino que “justicia
social” se ha vuelto un latiguillo para cazar zurdos. “Por su
lenguaje los reconoceréis”. El crimen se ha vuelto una abstracción
inidentificable. Puede ser por feminicidio –existe el feminicida,
pero no las instituciones que podían haberlo evitado–; puede ser por
falta de remedios para las enfermedades terminales y de subsidios
para electrodependientes; puede ser por ataques a la comunidad LGBTQ
–huele a quemado: huele a lesbianas sacrificadas–; puede ser por
hambre o por frío. O sea que la muerte puede ser en vida. Y
con la exposición de tanques y armas de guerra en manos de un jefe
que propone un no-Estado –menos un loco que un militante de
una nueva razón: el capitalismo iletrado–.
No, no es el viejo fascismo, sino algo que no tiene familia política
que sepamos nombrar todavía, ni siquiera expropiando a nuestros
enemigos, ya que son prácticamente ágrafos. El mismo Bifo se siente
afectado. Según él, ¿qué es más excitante que la re volución? Los
estímulos electromagnéticos.
NO MUERTES PERO SÍ ASESINOS
Fernando Sabag Montiel no es Simón Radowitzky, aunque también haya
corrido tras un automóvil. Disparó un arma contra Cristina y generó
el primer negacionismo pospandemia. Disparó,
cometió el acto. Deseó hacerlo. “Yo quería matar Cristina”,
dice durante el juicio oral, mientras mira a su compañera –siempre
envuelta en su raído tapado de piel, símbolo caído de un lujo
pretérito–, tratando de convencer a los jueces de que ella solo fue
una voyeur de su acción. Por lo tanto, él es un asesino. Que
Cristina esté viva es un tema de los mecanismos. No soy nadie para
sugerir castigos. Otro día hablamos de la abolición de la cárcel, de
la policía.
En un texto titulado “La crueldad como articuladora de la violencia
estructural” (dossier de la revista Adynata dedicado a la
crueldad), Mónica B. Cragnolini sostiene la hipótesis de que vivimos
de la sangre del otro, humano o animal. Incluso criamos animales
para que constituyan nuestro alimento, a pesar de que las industrias
ganadera y lechera no son imprescindibles para la vida humana.
Herrar, hacer muescas, numerar, encadenar, engrillar, es poseer a
otro humano o animal, domesticándolo. En nuestra mesa, cuando un
jugoso bife de costilla se presenta con un eufemístico diseño pop,
somos todos asesinos. No, no soy vegetariana, pero el ser carnívoros
es quizá nuestro primer negacionismo.
El sistema de mataderos empezó en el siglo XX, en la Chicago de los
años veinte. Cuenta Cragnolini, citando a Charles Patterson, que
Henry Ford vio cómo las bestias eran cazadas, transportadas, matadas
y trozadas con una veloz eficiencia y trasladó el modelo a su
fábrica. La misma de la que salieron los Rambler verdes que nuestra
vicepresidenta adora con nostalgia. De ahí crecieron, con el mismo
sistema seriado, los locales de comida basura –McDonald’s o
parecidos– situados al borde de las autopistas, que según el mito
fueron desarrollados por Adolf Hitler pero que en realidad se trató
de unos pocos –pronto se detuvo su construcción– que le sirvieron
para sacarse fotos como imagen de oferta de trabajo, lo que solo
sucedió cuando se sistematizó la fábrica de armas para el Tercer
Reich. Pero la cadena de montaje donde los humanos eran cazados,
encerrados en vagones sin ventanas, clasificados, obligados a
trabajar y a alinearse hasta ser gaseados, según Patterson,
coincidió con el desarrollo de la industria de la carne.
BRUTALISMO LIBERTARIO O EL VIAGRA ELECTRÓNICO
Bifo describe con amargura cómo, desaparecido el internacionalismo
obrero y las instituciones garantistas de derechos, la mente
alfabética ha sido suplantada por la mente electrónica, cuyos
estímulos son tan veloces que ya no permiten elaborar el bombardeo
de imágenes, clasificarlas en verdaderas y falsas, distinguir una
masacre real de un juego: lo que importa es que exciten. Han votado
a Trump no a pesar de ser un corrupto y un mentiroso, sino
porque es las dos cosas. Apoyan a Netanyahu no porque no
crean en el genocidio, sino porque él lo practica. Apoyan a Milei
porque mata de hambre a todos los demás mientras a nosotros nos
hambrea a cambio del goce masoquista de su imagen con la motosierra
y sus balbuceos megalómanos.
El mismo Bifo se reconoce víctima del biocapitalis mo en forma de
viagra electrónico: “la noche del 9 de noviembre de 2016, mientras
esperábamos los resul tados de las elecciones americanas en las que
Hillary Clinton se enfrentaba a Donald Trump, recuerdo que me
desperté a las cuatro de la madrugada para en cender mi ordenador y
ver cómo El concurso había terminado. No es que tuviera ninguna
simpatía por Hillary, pero la idea de que este bruto pudiera llegar
a ser presidente me parecía moralmente repugnante. Sin embargo, me
di cuenta de que algo en mí quería que sucediera el evento más
fuerte, más inesperado, más escandaloso, en resumen, más estimulante
de la dopamina. Y mi sistema nervioso estaba satisfecho: el horror
había prevalecido y el espectador que ha bía en mí estaba
satisfecho, porque todo espectador siempre quiere que la pantalla le
envíe el estímulo más fuerte. Creo que la mente conectiva ha evolu
cionado en una dirección incompatible con el juicio moral y la
discriminación crítica”.
Cuando vemos los refugios para los sin techo, vemos la misma
organización seriada, aunque su sentido sea lo contrario: mantener
lo humano con lo mínimo para que alguien sea un hombre o una mujer:
una ducha, un plato de comida, una cama fuera de la intemperie, un
afeitado, toallitas higiénicas. Y extrañamos a esos sabios
humanistas Oscar del Barco y Héctor Schmucler, ahora que
la vida está en riesgo, como dice CRI, el Comité de
Revolución Imaginaria –sí, más que nunca esa palabrita–.
Por una revolución portátil, multiamorosa, transfeminista, hacker
y amen
–sin tilde–. Pero antes, siguiendo a esos cordobeses, hacer la
crítica de nuestros 70. Como escribe Pilar Calveiro: “Hay que
escracharnos, políticamente hablando, no como un ‘castigo’ sino como
una forma de ser veraces para, de verdad, pasar a otra cosa... En
ese sentido escrachar es exhibir-se en términos de práctica política
anterior, de la que hay que dar cuenta para que la presente adquiera
nuevos sentidos”.
Carta de Oscar del Barco
Carta de lectores publicada en la revista La Intemperie, Córdoba, diciembre de 2004.
Señor Sergio Schmucler: Al leer la entrevista con Héctor
Jouvé, cuya transcripción ustedes publican en los dos últimos
números de La Intemperie, sentí algo que me conmovió, como
si no hubiera transcurrido el tiempo, haciéndome tomar conciencia
(muy tarde, es cierto) de la gravedad trágica de lo ocurrido
durante la breve experiencia del movimiento que se autodenominó
“ejército guerrillero del pueblo”. Al leer cómo Jouvé relata
Suscinta y claramente el asesinato de Adolfo Rotblat (al que
llamaban Pupi) y de Bernardo Groswald, tuve la sensación de que
habían matado a mi hijo y que quien lloraba preguntando por qué,
cómo y dónde lo habían matado, era yo mismo. En ese momento me di
cuenta clara de que yo, por haber apoyado las actividades de ese
grupo, era tan responsable como los que lo habían asesinado. Pero
no se trata sólo de asumirme como responsable en general sino de
asumirme como responsable de un asesinato de dos seres humanos que
tienen nombre y apellido: todo ese grupo y todos los que de alguna
manera lo apoyamos, ya sea desde dentro o desde fuera, somos
responsables del asesinato del Pupi y de Bernardo. Ningún
justificativo nos vuelve inocentes. No hay “causas” ni “ideales”
que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata, por lo tanto, de
asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad
inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser
humano. Responsabilidad ante los seres queridos, responsabilidad
ante los otros hombres, responsabilidad sin sentido y sin concepto
ante lo que titubeantes podríamos llamar “absolutamente otro”. Más
allá de todo y de todos, incluso hasta de un posible dios, hay el
no matarás. Frente a una sociedad que asesina a millones de seres
humanos mediante guerras, genocidios, hambrunas, enfermedades y
toda clase de suplicios, en el fondo de cada uno se oye débil o
imperioso el no matarás. Un mandato que no puede fundarse o
explicarse, y que sin embargo está aquí, en mí y en todos, como
presencia sin presencia, como fuerza sin fuerza, como ser sin ser.
No un mandato que viene de afuera, desde otra parte, sino que
constituye nuestra inconcebible e inaudita inmanencia. Este
reconocimiento me lleva a plantear otras consecuencias que no son
menos graves: a reconocer que todos los que de alguna manera
simpatizamos o participamos, directa o indirectamente, en el
movimiento Montoneros, en el ERP, en la FAR o en cualquier otra
organización armada, somos responsables de sus acciones. Repito,
no existe ningún “ideal” que justifique la muerte de un hombre, ya
sea del general Aramburu, de un militante o de un policía. El
principio que funda toda comunidad es el no matarás. No matarás al
hombre porque todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los
hombres. La maldad, como dice Levinas, consiste en excluirse de
las consecuencias de los razonamientos, el decir una cosa y hacer
otra, el apoyar la muerte de los hijos de los otros y levantar el
no matarás cuando se trata de nuestros propios hijos. En este
sentido podría reconsiderarse la llamada teoría de los “dos
demonios”, si por “demonio” entendemos al que mata, al que
tortura, al que hace sufrir intencionalmente. Si no existen
“buenos” que sí pueden asesinar y “malos” que no pueden asesinar,
¿en qué se funda el presunto “derecho” a matar? ¿Qué diferencia
hay entre Santucho, Firmenich, Quieto y Galimberti, por una parte,
y Menéndez, Videla o Massera, por la otra? Si uno mata el otro
también mata. Esta es la lógica criminal de la violencia. Siempre
los asesinos, tanto de un lado como del otro, se declaran justos,
buenos y salvadores. Pero si no se debe matar y se mata, el que
mata es un asesino, el que participa es un asesino, el que apoya
aunque sólo sea con su simpatía, es un asesino. Y mientras no
asumamos la responsabilidad de reconocer el crimen, el crimen
sigue vigente. Más aun. Creo que parte del fracaso de los
movimientos “revolucionarios” que produjeron cientos de millones
de muertos en Rusia, Rumania, Yugoeslavia, China, Corea, Cuba,
etc., se debió principalmente al crimen. Los llamados
revolucionarios se convirtieron en asesinos seriales, desde Lenin,
Trotsky, Stalin y Mao, hasta Fidel Castro y Ernesto Guevara. No sé
si es posible construir una nueva sociedad, pero sé que no es
posible construirla sobre el crimen y los campos de exterminio.
Por eso las “revoluciones” fracasaron y al ideal de una sociedad
libre lo ahogaron en sangre. Es cierto que el capitalismo, como
dijo Marx, desde su nacimiento chorrea sangre por todos los poros.
Lo que ahora sabemos es que también al menos ese “comunismo” nació
y se hundió chorreando sangre por todos sus poros. Al decir esto
no pretendo justificar nada ni decir que todo es lo mismo. El
asesinato, lo haga quien lo haga, es siempre lo mismo. Lo que no
es lo mismo es la muerte ocasionada por la tortura, el dolor
intencional, la sevicia. Estas son formas de maldad suprema e
incomparable. Sé, por otra parte, que el principio de no matar,
así como el de amar al prójimo, son principios imposibles. Sé que
la historia es en gran parte historia de dolor y muerte. Pero
también sé que sostener ese principio imposible es lo único
posible. Sin él no podría existir la sociedad humana. Asumir lo
imposible como posible es sostenerlo absoluto de cada hombre,
desde el primero al último. Aunque pueda sonar a extemporáneo
corresponde hacer un acto de constricción y pedir perdón. El
camino no es el de “tapar” como dice Juan Gelman, porque eso
-agrega- “es un cáncer que late constantemente debajo de la
memoria cívica e impide construir de modo sano”. Es cierto. Pero
para comenzar él mismo (que padece el dolor insondable de tener un
hijo muerto, el cual, debemos reconocerlo, también se preparaba
para matar) tiene que abandonar su postura de poetamártir y asumir
su responsabilidad como uno de los principales dirigentes de la
dirección del movimiento armado Montoneros. Su responsabilidad fue
directa en el asesinato de policías y militares, a veces de
algunos familiares de los militares, e incluso de algunos
militantes montoneros que fueron “condenados” a muerte. Debe
confesar esos crímenes y pedir perdón por lo menos a la sociedad.
No un perdón verbal sino el perdón real que implica la supresión
de uno mismo. Es hora, como él dice, de que digamos la verdad.
Pero no sólo la verdad de los otros sino ante todo la verdad
“nuestra”. Según él pareciera que los únicos asesinos fueron los
militares, y no el EGP, el ERP y los Montoneros. ¿Por qué se
excluye y nos excluye, no se da cuenta de que así “tapa” la
realidad? Gelman y yo fuimos partidarios del comunismo ruso,
después del chino, después del cubano, y como tal callamos el
exterminio de millones de seres humanos que murieron en los
diversos gulags del mal llamado “socialismo real”. ¿No sabíamos?
El no saber, el hecho de creer, de tener una presunta buena fe o
buena conciencia, no es un argumento, o es un argumento bastardo.
No sabíamos porque de alguna manera no queríamos saber. Los
informes eran públicos. ¿O no existió Gide, Koestler, Víctor Serge
e incluso Trotsky, entre tantos otros? Nosotros seguimos en el
Partido Comunista hasta muchos años después que el
Informe-Krutschev denunciara los “crímenes de Stalin”. Esto
implica responsabilidades. También implica responsabilidad haber
estado en la dirección de Montoneros (Gelman dirá, por supuesto
que él no estuvo en la Dirección, que él era un simple militante,
que se fue, que lo persiguieron, que lo intentaron matar, etc., lo
cual, aun en el caso de que fuera cierto, no lo exime de su
responsabilidad como dirigente e, incluso como simple miembro de
la organización armada). Los otros mataban, pero los “nuestros”
también mataban. Hay que denunciar con todas nuestras fuerzas el
terrorismo de Estado, pero sin callar nuestro propio terrorismo.
Así de dolorosa es lo que Gelman llama la “verdad” y la
“justicia”. Pero la verdad y la justicia deben ser para todos.
Habrá quienes digan que mi razonamiento, pero este no es un
razonamiento sino una constricción, es el mismo que el de la
derecha, que el de los Neustadt y los Grondona. No creo que ese
sea un argumento. Es otra manera de “tapar” lo que pasó. Muchas
veces nos callamos para no decir lo mismo que el “imperialismo”.
Ahora se trata, y es lo único en que coincido con Gelman, de la
verdad, la diga quien la diga. Yo parto del principio del “no
matar” y trato de sacar las conclusiones que ese principio
implica. No puedo ponerme al margen y ver la paja en el ojo ajeno
y no la viga en el propio, o a la inversa. Yo culpo a los
militares y los acuso porque secuestraron, torturaron y mataron.
Pero también los “nuestros” secuestraron y mataron. Menéndez es
responsable de inmensos crímenes, no sólo por la cantidad sino por
la forma monstruosa de sus crímenes. Pero Santucho, Firmenich,
Gelman, Gorriarán Merlo y todos los militantes y yo mismo también
lo somos. De otra manera, también nosotros somos responsables de
lo que sucedió. Esta es la base, dice Gelman, de la salvación. Yo
también lo creo. Lo saludo.
Oscar del Barco, diciembre de 2004