Dejen morir a Conan
La política de la negación y el duelo por venir
LUIS IGNACIO GARCÍA
REALISMO DE AVESTRUZ
El negacionismo es la política del avestruz: esconder la cabeza para
evitar que exista una realidad indeseada. El avestruz sería entonces
ese animal posutópico que, ante el desafío de una realidad disonante
con el deseo, en vez de encarar el trabajo de modificación de la
realidad conforme el deseo, emprende una fuga respecto a esa
realidad ingrata. Quizás podría ser una estrategia para proteger el
deseo en tiempos difíciles, resguardarlo en el reino de lo
irrealizado, para recuperar las tareas de su concreción en épocas
menos adversas. Pero la estabilización de esta estrategia se torna
en una patología política muy riesgosa, si pensamos en sus
consecuencias más evidentes: por un lado, una negación desquiciante
de la realidad, y, por otro, un desentendimiento respecto a la
responsabilidad de su transformación.
El famoso obispo Berkeley, personaje recurrente en los experimentos
mentales de Borges, manifestó una forma extrema de idealismo: “Ser
es ser percibido”. El avestruz parece ensayar una aplicación
práctica y literal del idealismo subjetivo del obispo. Como en el
juego infantil, se tapa los ojos y afirma: ¡no ta! Pero el idealismo
de Berkeley es la consecuencia de su más radical empirismo (heredero
de la mejor tradición irlandesa), en una deliciosa aleación de
empirismo idealista: si todo el conocimiento se reduce a lo que
experimentamos, entonces queda cuestionada la consistencia de lo
real, que solo deriva de una proyección de mis representaciones.
Mientras que el idealismo negacionista involucra la posición
defensiva y regresiva hacia la cápsula de irrealidad mental, que
cuestiona la consistencia misma de nuestras representaciones. El
idealismo de Berkeley es una teoría escéptica del ser, mientras que
el idealismo negacionista es, al revés, un fanatismo de la
irrealidad. Ahora, el avestruz no es que filosofe con su cabeza,
como Berkeley. Solo actúa con ella. Y no es que la entierre, como
dice el mito popular, sino que literalmente agacha la cabeza.
¿Y por qué agacha la cabeza el avestruz ante una realidad que
intenta negar? Porque se encuentra en una
situación de peligro de la que ya no puede huir, de modo que
retorna al gesto primario de un mimetismo con el entorno (busca
parecerse a los arbustos que lo rodean) para evitar así la muerte.
La agachada del avestruz es, como en la dialéctica del amo y el
esclavo de Hegel, un reaseguro de vida.
Uno diría entonces: el avestruz niega la realidad porque está en
juego la negación de su propia existencia. Niega la realidad porque
la realidad amenaza con negarlo. Vamos entonces entrando en tema: el
negacionismo como estrategia de supervivencia ante un peligro
demasiado inminente, del que ya no podemos huir. Si ya no puedo
negar lo que me amenaza, niego lo que mis percepciones me dicen. La
irrealidad del negacionismo conecta con la rotunda y determinante
realidad de nuestra condición mortal, por la que toda distorsión de
lo real resulta autorizada. Su irrealismo es una suerte de realismo
distorsionado por la violencia de una amenaza inminente. El
negacionismo como realismo weird de tiempos apocalípticos.
PANDEMIA DE NEGACIONES
No parece casualidad, entonces, que la pandemia haya sido la gran
feria de las negaciones. Porque las hubo de múltiples pelajes y para
todos los gustos. Desde la negación de la mismísima existencia del
virus en adelante: la negación de la eficacia de las vacunas, la
negación de la palabra de lxs científicxs, la negación de la
pertinencia del aislamiento, la negación al uso de barbijos,
llegando a la negación de la causalidad de los fenómenos en teorías
conspirativas, o a la propia negación de la redondez de la tierra,
ya rumbo a la descomposición final de toda forma de comprensión
colectiva del mundo.
¿Por qué esa proliferación de negacionismos durante la experiencia
de la pandemia? ¿Por qué esa erupción nunca vista antes? Porque la
pandemia fue una brutal exposición colectiva a la experiencia de la
muerte, en una escala y una intensidad inédita en la historia de la
humanidad. Hubo un tiempo en el que creíamos que saldríamos
“mejores” de esa experiencia, porque esa exposición colectiva a
nuestra vulnerabilidad común sería justamente ocasión de un
aprendizaje inestimable en la dirección de una ética del cuidado y
de una política de la interdependencia. Hoy, a la distancia,
corroboramos nuestra abismal ingenuidad al haber pensado alguna vez
eso. No salimos mejores, sino mucho peores. Eso está claro: la
pandemia fue el trampolín hacia el neofascismo. Ahora, ¿está
realmente claro por qué fue así? Me sigue pareciendo muy razonable
imaginar que la exposición a la muerte nos haría mejores. El tema
es, quizá, más específico, y quizá tenga más que ver con esto:
¿hicimos realmente experiencia de esa exposición a la muerte? Dicho
de manera más precisa: la muerte nos abrazó, pero ¿hicimos el duelo
por la pandemia?, es decir, ¿subjetivamos semejante trauma
histórico, semejante experiencia de la pérdida? Evidentemente, no.
Quizá habríamos podido salir “mejores” de la pandemia si hubiéramos
sabido hacer un duelo colectivo por esa experiencia. Pero no fue lo
que sucedió. El trauma no fue elaborado y hoy sigue trabajando por
su cuenta, suelto, como gran desarticulador del sentido común y
agente de un nihilismo corrosivo: trauma contra trama. De manera
recurrente se ha situado la pandemia como el huevo de la serpiente
“libertaria”, pero por una razón específica: porque habría sido el
momento en el que el descrédito de las políticas de Estado habría
llegado a su punto culminante. Las defecciones acumuladas del Estado
de pronto se manifestaron en toda su crudeza cuando las políticas de
aislamiento obligatorio llevaron al vasto pueblo de trabajadores
precarizados (denegados por ese Estado cínico) a ver interrumpida de
manera brutal su fuente de ingreso. Se manifestaba una nueva lucha
de clases: entre trabajadores formales y trabajadores informales.
Así, el Estado, justo cuando decía que “te cuidaba”, no solo te
abandonaba, sino que te entorpecía y obstaculizaba de la manera más
violenta y cínica.
Sin dudas, esta es una variable clave para entender dos emergentes
determinantes de la pospandemia: el discurso de la “libertad” y la
denigración generalizada del Estado.
Ahora bien, creo que ese diagnóstico, de tan convincente, termina
marginando otros legados funestos de la pandemia. Y me refiero muy
especialmente a la mentalidad negacionista y sus ramificaciones, que
acaso sea aún más influyente hoy en su capacidad para disolver todo
principio de realidad que la propia prédica antiestatal.
Muchas cosas distintas podemos entender por “duelo”, pero, reducido
a su expresión mínima, el duelo implica admitir la muerte y elaborar
esa pérdida. Ahora, ¿cómo admitir y elaborar una muerte cuya
masividad rompió toda escala previa? El negacionismo como ideología
se montó sobre la negación como imposibilidad de elaboración de una
pérdida masiva, una pérdida de las propias escalas con las que medir
la pérdida. La negación como comprensible mecanismo de defensa de la
psiquis colectiva fue la base sobre la que creció el negacionismo
como pérfido mecanismo de desertificación de la inteligencia
colectiva. Y me atrevo a sugerir esto: el padre de todos los
negacionismos es la negación de la muerte, esto es, la negación de
lo que nos niega, nos define y nos delimita. Negarnos a reconocer
nuestra finitud, nuestra propia falta, es el inicio del fin de la
razón y de la comunicación, es decir, el inicio de todos los
negacionismos ulteriores. El duelo por nuestra condición mortal es
el inicio de cualquier aventura del sentido; esa parece ser la
verdad común de la antropología y el psicoanálisis. Pero ¿cómo
admitir la muerte cuando se muestra de una manera tan oprobiosa? No
hubo duelo por la pandemia, hubo negación, y sobre esa negación, un
aprovechamiento político. Por eso fue la época en la que todos los
negacionismos latentes y larvados en la sociedad emergieron como
hongos en tierra húmeda. Si negamos lo que nos niega y delimita,
cualquier cosa puede ser negada ya: desde las vacunas hasta el
mismísimo virus, pasando por las bisagras elementales del principio
de realidad. Quicios que estaban siendo horadados en simultáneo por
la emergencia de fake news, troles y toda la lógica de
descomposición de las redes sociales.
La antropología ha pensado las relaciones entre el proceso de
hominización y el vínculo con nuestros muertos. Los rituales
funerarios son constitutivos de nuestra humanidad, porque son
determinantes de los modos en que regulamos nuestra relación con la
naturaleza, de las formas en que entendemos los vínculos entre lo
sagrado y lo profano, entre el cielo y la tierra, de la manera en
que elaboramos la angustia ante nuestra propia muerte; en una
palabra, son constitutivos de nuestra manera de constituirnos y
orientarnos como seres humanos. ¿Cómo no esperar todos los
cataclismos de la experiencia desquiciante de la muerte global y
masiva durante la pandemia? Y no es un dato meramente sanitario lo
que sucedió con los rituales funerarios en los tiempos de la peste,
y, de nuevo, la escala en la que ello sucedió, tanto espacial como
temporalmente: en todo el mundo, en muy poco tiempo. Quizá haya sido
la primera experiencia que atravesamos como especie, que nos
recordaba algo que no quisimos o no pudimos recordar y que nos
anticipaba algo para lo que no estamos preparadxs.
Entonces: hicimos y no hicimos experiencia de la pandemia. La
pregunta es: ¿qué huella puede existir de aquello que, en su
desmesura, nunca advino para el sujeto? ¿Qué se prepara en nuestra
vida psíquica cuando una experiencia excesiva no logra integrarse en
una elaboración colectiva? ¿En qué terrenos ingresa esa violencia de
la que no llegamos a hacer experiencia? ¿Qué prepara esa violencia
flotante en nuestra vida colectiva?
Por eso insisto: el Gobierno actual no solo se beneficia de la
pandemia por el vacío político y social dejado por un Estado que se
venía retirando, sino también por la conmoción antropológica
generada por un encuentro traumático con el umbral mismo en el que
surge y se hunde lo propio de lo humano. La pandemia es el huevo de
la serpiente no solo por la mímica de un Estado cínico y
entorpecedor, sino también por ser la madre de la estructura
negacionista de la conciencia pública desde entonces. Por supuesto
que es un clima de época que se preparaba en las redes sociales,
pero la pandemia lo precipitó y cristalizó en un paisaje de
devastación de los parámetros más básicos de comprensión común y
colectiva de la realidad. La “prueba de la realidad” fue tan grande,
tan masiva, que la realidad fue la que perdió la partida. Por eso
sostengo: hay un duelo pendiente por la pandemia que es uno de los
motivos que nos ha traído al estado de descomposición en el que
estamos.
NUESTROS DUELOS POLÍTICOS
No somos, sin embargo, un pueblo que no sepa de duelos, ni uno que
no haya sabido enfrentar traumas políticos de envergadura histórica
y civilizatoria. De hecho, nuestra posdictadura se inicia como duelo
por nuestros desaparecidos. También entonces nos enfrentamos a una
figura inédita y macabra de la muerte, insoportable e inconcebible,
producto de negaciones oficiales y sustracciones ominosas. Y, sin
embargo, a pesar de tanta desmesura, allí sí podemos decir que hubo
un duelo. Un duelo colectivo propiciado por madres, abuelas y
familiares de desaparecidxs que hicieron de esa elaboración una
causa política, pública y colectiva, determinante para el porvenir
democrático de nuestra nación. Esa pérdida fue el vacío en torno al
cual se pudo organizar la vida colectiva como aventura profana del
sentido en estos últimos cuarenta años. Fue la falta sobre la que la
democracia se constituyó como invención colectiva, es decir, como
construcción contingente de sentido sobre la base de ese “lugar
vacío” del que hablaba Claude Lefort en aquellos años, un vacío que
para nosotrxs tenía un sentido bien preciso y doloroso.
Los historiadores del duelo y antropólogos de la muerte venían
diagnosticando una pérdida de nuestra capacidad del duelo como
experiencia compartida, pública, política y transformadora. El siglo
XX habría sido, según Philippe Ariès y otros teóricos e
historiadores, el siglo de la reducción del duelo a un asunto
privado, sanitario, pudoroso y hasta patológico. Nuestras “locas de
la plaza” rompieron con esa negación y privatización del duelo,
volviéndolo un asunto público de primer rango y expandiendo el
sentido de la comunidad democrática como una comunidad que incluye
necesariamente a nuestrxs muertxs.
Y no fue el único duelo político de nuestra democracia. Creo que es
el inicio de una politización del duelo y de la muerte que llega
hasta la pandemia, y pienso en tres grandes experiencias: en primer
lugar, la de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo; luego, las
militancias y acciones ante la crisis del sida; y, finalmente, la
politización feminista de los feminicidios. Con las Madres, la
tendencia moderna a la privatización del duelo estalla en una
conmovedora politización en la que lo íntimo del dolor se convierte,
antes que nada, en comunidad del afecto de los organismos de
derechos humanos y, luego, en reclamo incondicional de justicia como
núcleo acontecimiental (“lugar vacío”) de una política de la verdad
en nuestra posdictadura: Madres y Abuelas instalan una radical
colectivización del duelo.
Las militancias del sida agregaron un componente fundamental en
nuestra relación con lxs muertxs, que es la pregnancia del
componente de género y del motivo deseante, en ruptura con la
prescripción patriarcal del pudor ante la muerte: la crisis del sida
nos instala en una necesaria erotización del duelo. Por
último, la masificación de los feminismos en la marea verde muestra
la fuerza del duelo, la fuerza activa de esas muertes en la
proyección de redes de cuidado y de interdependencia que denuncian
la negación patriarcal de la muerte en figuraciones decididamente
posfamiliaristas de los lazos: son los feminismos los que convierten
el duelo en una ontología práctica de la precariedad.
En un tiempo en el que la muerte pública solo parece representable
en números anónimos y cifras descarnadas, ahondar en esta historia
del duelo en la Argentina (y no solo en Argentina) de las últimas
décadas nos permitiría imaginar una
política del duelo fundamental para pensar nuestros vínculos
con lo que en la pandemia se nos sustrajo.
Y en cada uno de estos tres grandes duelos políticos de nuestra
posdictadura, una nueva manera de elaborar la pérdida implicó una
nueva ampliación del terreno de la política. No solo la “ampliación
de derechos” del discurso progresista, sino algo mucho más profundo:
la ampliación de los terrenos de la democracia. Es decir, no tanto
la movilización del esquema demanda/nuevo derecho, sino más bien la
secuencia pérdida/nuevo cuerpo político. Esto, sin embargo, no
sucedió en la pandemia. Esa pérdida no elaborada sigue haciendo su
trabajo, horadando subterráneamente los quicios de la comprensión
común y de los pactos democráticos a los que los otros duelos
políticos dieron carnadura y cuerpo.
El Gobierno argentino actual hilvana y potencia todas las negaciones que venimos cartografiando. De hecho, su impulso inicial proviene del empuje negacionista de la pandemia, cuando la negación del virus, de las vacunas, del aislamiento, etc., emergió como forma de rebeldía y resistencia.
LA PROMESA TECNOLÓGICA DE LA NO-PÉRDIDA
Por supuesto, la desmesura de la pandemia en extensión e intensidad
se vio reforzada por un contexto tecnológicamente sobredeterminado,
en el que tanto el irracionalismo de las redes cuanto la negación de
toda pérdida es parte integral de los proyectos técnicos hegemónicos
del transhumanismo capitalista. Transhumanismo representado
emblemáticamente por la figura de Elon Musk, héroe de nuestro
Gobierno.
Es un motivo tan viejo como el mito de Prometeo: símbolo de la
hybris humana de querer ser como los dioses, de intentar
compensar nuestros límites con extensiones protésicas que nos lleven
al infinito, como en una suerte de gran torre de Babel construida
por Tesla que elimine los errores de nuestra constitución física y
nos proyecte hacia una humanidad aumentada y omnipotente que ya nada
quiere saber ni de duelos ni de pérdidas ni de crisis.
Por ahora, este transhumanismo prometeico no ha logrado eliminar la
muerte. Pero sí está logrando ya negar la muerte del otro, es decir,
evitarnos el duelo, evitarnos la elaboración de la pérdida. Es bien
sintomático que haya sido en 2019, el mismo año del surgimiento de
la pandemia, que se lanzara una nueva aplicación basada en
inteligencia artificial, llamada HereAfter AI, que, a partir de
audios y chats registrados en la traza tecnológica de una persona
fallecida, genera perfiles con los que sus deudos pueden interactuar
después de la muerte de su ser querido. Realizando la fantasía de un
capítulo de Black Mirror de 2013, titulado “Vuelvo
enseguida”, la distopía técnica contemporánea nos aventura en zonas
que hasta hace poco se mantenían en la ficción weird. Un
“espejo negro” que, como plomizo cielo melancólico, nos niega
nuestra condición negando lo que nos delimita y define.
¿El mundo técnico es, entonces, un mundo negacionista? ¿Desde
Prometeo, la modernidad desencadenada va hacia la negación de lo
humano? ¿La técnica nos conduce inexorablemente a una aceleración
transhumanista de una humanidad aumentada que reniega de su finitud?
El gran filósofo de la técnica Bernard Stiegler planteó con
toda claridad que la visión prometeica de la técnica es solo la
mitad de la historia. Pro-meteo, el titán previsor, es hermano de
Epi-meteo, el negligente, sin el cual el famoso acto sacrílego del
primero no habría siquiera sucedido. Epimeteo fue el titán que
estuvo encargado de distribuir los atributos y habilidades entre las
criaturas. Realizó diligente su tarea, pero, dada su falta de
previsión, cuando llegó el momento de otorgárselos a los seres
humanos, se dio cuenta de que había distribuido todas las cualidades
positivas entre los animales, dejando a aquellos desprotegidos y
vulnerables, carentes de habilidades. Esa carencia es la que llevó a
Prometeo al robo del fuego para dárselo a los humanos, y al
consecuente castigo de los dioses. Pero la clave de la historia es
que la “falta” de Prometeo, su inaceptable arrogancia, es deudora de
la “falta” de Epimeteo, esto es, la carencia y privación con que
des-dotó a la humanidad, y sobre cuyo vacío se organizó el devenir
técnico de la humanidad.
La hybris de Prometeo es derivada respecto a la
falta de Epimeteo. Necesitamos volver a esa técnica
originaria, que no es una tapadera sobre la falta, sino el hueco
sobre el que se monta. La falta de Epimeteo es la técnica como duelo
y no como su negación. ¿Seremos capaces de pensar esa
otra técnica que no se avergüence de nuestra finitud, sino
que la afirme y destaque?
La pandemia es el huevo de la serpiente no solo por la mímica de un Estado cínico y entorpecedor, sino también por ser la madre de la estructura negacionista de la conciencia pública desde entonces.
LA SOMBRA DEL OBJETO CAE SOBRE NOSOTRXS
El Gobierno argentino actual hilvana y potencia todas las negaciones
que venimos cartografiando. De hecho, su impulso inicial proviene
del empuje negacionista de la pandemia, cuando la negación del
virus, de las vacunas, del aislamiento, etc., emergió como forma de
rebeldía y resistencia. Luego, la negación de los duelos en que se
sostuvo la posdictadura: como fin del ciclo democrático, este
Gobierno niega las víctimas de la dictadura, y de la violencia de
género. Y también participa de la utopía técnica liderada por el
transhumanismo de Musk: el capitalismo en crisis necesita ya no solo
transformaciones sociopolíticas, sino también mutaciones
antropológicas de fondo para seguir garantizando sus estrategias de
acumulación. Todo converge en el corazón melancólico del
negacionismo: la negación de la muerte. De hecho, es ese sol negro
del negacionismo el que se mantiene con mayor pregnancia en este
negacionismo en el poder, y que sumerge nuestra historia actual en
un pozo de oscurantismo inédito. Esa centralidad está ocupada, en la
cúspide del poder político actual, por un ser amado cuya muerte es
oficialmente negada: la muerte de Conan representa esa falta, esa
carencia, cuyo desconocimiento está llevando al desquiciamiento
contemporáneo y a la pérdida de todo criterio de realidad. Porque de
la no-muerte de Conan emana la legitimidad celestial, irr(el)acional
y posdemocrática de las orientaciones fundamentales de este
Gobierno. “Si el presidente dice que hay cinco perros, hay cinco
perros y se terminó”, dice, molesto, el vocero presidencial ante una
simple pregunta por el número de mascotas existentes en la Quinta de
Olivos. Conan, o, mejor dicho, la negación de la muerte de Conan, es
la cúspide de una forma de oscurantismo político que tiene un
objetivo claro: instaurar un nuevo pacto posdemocrático de
convivencia. Si el “pacto democrático” de la posdictadura se había
asentado en el duelo por los desaparecidos y luego refrendado en los
duelos por las víctimas del sida y por los feminicidios, hoy se nos
propone un pacto oscurantista asentado en el no-duelo por la
pandemia, condensado en la figura presidencial del no-duelo por su
ser amado. Este nuevo pacto dice: se cree en este Gobierno como se
cree en una visión mística. Por eso el mundo se divide entre
elegidos y no elegidos: la ves o no la ves. Este Gobierno pone una
correa en el piso y te pregunta: ¿ves el perro? Es como el cuento de
Andersen del rey desnudo, pero al revés: la “irreverencia” de la
nueva derecha, en tiempos en que todos sabemos que el rey está
desnudo, es decretar que está vestido. Igual sucede con el aspecto
físico del presidente. Y no es ni un problema de autoestima
subjetiva ni una estrategia ideológica de encubrimiento de la
realidad. Es mucho más profundo. Es un nuevo y paradójico pacto
social que busca eliminar toda forma de lazo (lazo de sentido, lazo
social) en el ejercicio ciudadano. A este Gobierno no se le cree por
ideas contrastables en la realidad: se le cree como se cree en un
dogma o en una voz del más allá. Y este singular esoterismo de masas
tiene un doble target. Por un lado, el esoterismo para los propios:
las fuerzas del cielo, el camino por el desierto, la tierra
prometida, etc. Por otro, el esoterismo para los enemigos: las
fake news, el “adoctrinamiento”, etc. Conan le permite a
Milei enlazar la neorreligión para fieles con la guerra de troles
para herejes, en un mismo hilo de irracionalidad (irrelacionalidad)
y de disolución de la función simbólica.
Ahora, a Conan no lo podemos abordar solamente desde la pregunta por
el principio de realidad de quien ejerce la máxima magistratura de
nuestro país. También debemos abordar otra dimensión fundamental de
este episodio: la negación oficial del duelo. Que el presidente
niegue la realidad es un dato político eminente, pero aún asociable
a viejas estrategias políticas (piénsese en el Indec de Moreno).
Ahora, que el presidente niegue la muerte es una novedad
antropológica inquietante, inédita hasta donde sé. Hay una noción
que conecta ambas problemáticas, que es la famosa “prueba de la
realidad” ante la que todo duelo nos pone, en la tradicional lectura
de Freud: admitir la realidad inaceptable pero ineluctable de una
pérdida irreparable. Esta negación de la muerte, que deriva en una
negación del proceso de duelo, nos vuelve a conectar con la
experiencia fundante de las nuevas derechas argentas: la pandemia.
Conan es la actualidad perturbadora del incumplido duelo por la
pandemia, que hoy vuelve por sus derechos bajo la forma de un
completo desquiciamiento de nuestro principio de realidad, como
suelo antropológico del fenómeno informacional de la posverdad y las
fake news. Por supuesto, es un fenómeno complejo que
requeriría mayor despliegue. Porque la negación de la muerte en
Milei tiene el aspecto seductor de la rebelión contra el principio
de realidad, la ceguera intransigente de un corazón roto. Pero al
alto costo de filtrar el componente esotérico de un pensamiento
supersticioso, y el componente fanático de una negación de la
finitud.
Dejen morir a Conan: den un lugar a esa pérdida. Tenemos derecho a
la pérdida, a hacer experiencia de la falta. Negar la pérdida nos
está sumiendo en la profunda oscuridad de una preocupante negación
(prometeico-muskiana) de la realidad. Déjenlo partir, que su duelo
será el recomienzo de un sentido común lacerado de tanta posverdad y
de tanto prometeísmo transhumanista. Dejen que su muerte refute la
sutura totalitaria que asfixia al universo libertario.
“La sombra del objeto cae sobre el yo” es la expresión a la vez
enigmática y precisa con la que Freud describe la situación del
sujeto que no logra elaborar su duelo y que cae presa de su propia
negación. Claramente, la sombra de su perro muerto ha caído sobre
nuestro presidente, sumiéndolo en su lúgubre irascibilidad. La
sociedad argentina está siendo presa de una caída análoga, que
arrastra desde la pandemia. Un neooscurantismo ensombrece la vida
colectiva de nuestro pueblo, que no supo elaborar su pérdida, y que
razonablemente se reconoce en un líder que niega la muerte de su ser
más amado, convirtiendo esa negación en su razón (esotérica) de
Estado. Dejen morir a Conan. El resto vendrá por añadidura.