YO SOY DE ACÁ
Colgar, hacer un nudo y ser artista
Me crie en Punta Alta, en la provincia de Buenos Aires, al sur, a 25
kilómetros de Bahía Blanca. Es una zona visualmente baja, con mucho
cemento, dividida por una calle que se llama Colón y está cerca de
la base militar Puerto Belgrano. Yo sé que ahora creció, pero, en mi
escala, es una ciudad chica. Con poco campo que no es fértil, porque
en realidad en la escena del campo, no hay campo, hay
salitral con arbustitos y, en la playa, tamariscos y cangrejos. El
piso es arcilloso, se te hunde el pie en el barro, no es la arena
soñada de la playa. Cuando vos me hacés esa pregunta sobre que
imágenes, que texturas me vienen del lugar donde nací, no me la
puedo sacar más de encima, porque para mí es algo que está muy
presente. Porque es inevitable no preguntarte de dónde venís u
olvidarlo. Entonces, la pregunta tuya sobre el origen toca una fibra
fuerte, porque cuando yo me vine a Buenos Aires el maestro de
pintura que encuentro es Pablo Suárez, que daba clases en la
Cárcova. Yo hacía cuadros gigantes de dos por dos y otros chiquitos,
blancos, todos raspados, que traía en la mochila. En ese momento
hacía muebles, situaciones de interiores, electrodomésticos,
cubitos, heladeras. Mientras le contaba a Pablo Suárez todo lo que
iba descubriendo en la ciudad –Ave Porco, el Morocco, Recoleta...–,
él insistía en preguntarme sobre Punta Alta. Me decía: “Mirá qué
curioso, yo miro esta pintura y no veo todo esto que te está
pasando. Tampoco de dónde venís”. Y ahí me enojé muchísimo y le
dije: “¿Qué querés que haga? ¿El monumento feo de azulejos que hay
en el centro de la plaza en Punta Alta?”. Me parecía demasiado obvio
pintar desde un lugar a través de lo más significativo. Pero
hablando con Pablo pensé en el paraje Las Oscuras, donde mis padres
iban en motoneta y la gente en general, a chapar. Pablo Suárez me
contaba de ese lugar porque él, en su juventud, cuidaba caballos ahí
para gente de doble apellido de la zona. Fue el lugar donde hizo sus
primeras esculturas y me contó unas historias fantasiosas sobre Las
Oscuras, donde pasa por debajo de la ruta un hilito de agua. Puede
que esa palabra esté de algún modo en la obra que hago.
Empecé a estudiar en el Instituto Konrad, que tenían dos señoras,
Elizabeth y su mamá, que era muy mala. El papá de Elizabeth se
llamaba Tranquilino Serenelli. Ella tenía todo un método inmóvil de
copiar figuritas, publicidades de revistas, esculturitas, floreros,
todo en hojas Rivadavia. Para hacer los fondos del dibujo, pasaba la
mamá por atrás nuestro y le sacaba punta al lápiz o al pastel tiza
para que cayera el polvo de color sobre el papel y yo con un algodón
lo frotara. Me recibí con diez años de profesora de arte. Al final
del curso había que hacer una tesis sobre la perspectiva,
larguísima, demasiado difícil para alguien de mi edad. Entonces mi
mamá me hizo un resumen. Pero Elizabeth y su mamá querían que la
repitiera tal cual. Entonces me fui. Después aprendí decoración de
tortas, flores de papel, paddle, que dejé porque tenía un ambiente
como de fútbol, muy competitivo, muy agresivo. En Bahía existía el
Museo de Arte Contemporáneo, que era el primero de la Argentina.
¿De qué vivo? Hago obra y vendo afuera. Acá no, porque los ricos de
acá no suelen invertir en arte y cultura. Antes había filántropos y
coleccionistas que sabían de arte. Por eso, cuando empecé, hacías
arte pero sin la responsabilidad del arte, porque no vender
era normal. Porque siempre he trabajado con una gran diferencia
entre lo que hago y las ventas, pero a partir de los 45 años empecé
a tener un ingreso más o menos regular, que no sé cuánto va a durar
ni cuánto es por mes. Hay un grupo en Brasil que es muy creativo,
gente de ayudas mutuas entre artistas que no piensa como una galería
clásica que quiere acumular grandes firmas. Este grupo prefiere
tener de todos un poquito, y acompañarlos. En Punta Alta aprendí de
lo que hacía el dibujante Juan Carlos Poggiese, padre de mi amiga
Verónica, compañera de la primaria. Él fue el primer artista que
conocí y su casa, la primera donde había libros. Juan Carlos
dibujaba en cualquier parte, en una sala de espera, en un auto, en
la cocina escuchando casetes de Les Luthiers. Hacía letras a mano
con un pincel y las líneas rectas perfectas. Las dibujaba en las
bolsas de compras, en las vidrieras de los negocios donde también
hacía las caricaturas de los dueños. Podía ser desde algo imaginario
hasta un cucurucho para la heladería. Hacía también trabajos a
pedido, por ejemplo, iban militares a pedirle el cuadro de una
fragata y le llevaban la foto. Me acuerdo de que daba clases en la
Base también. Un día, con Juan Carlos y mi amiga hicimos una Estatua
de la Libertad de plastilina. Las dos teníamos muy buena letra,
sobre todo la cursiva. Vos vas por Punta Alta y vas reconociendo los
lugares por la letra de este artista, Juan Carlos Poggiese.
Después fui a la Escuela Superior de Artes Visuales (iba con
cuellito bebé, saco azul y un portafolio negro enorme. Después iba a
patinar enfrente de mi casa. Todo muy Narnia). Hice mi pintura en
casa, que era el retrato de mi vieja con las manos tapándole la
cara, copiado de unas foto de despedida de soltero, o sea, foto de
una joda en una cantina que había en Ingeniero White. Todas esas
fotos eran muy infantiles, y en una mi vieja tapándose la cara, que
es porque se estaba cagando de risa, pero a mí me parecía muy
dramática. Una foto en blanco y negro la hago en un cuadro que era
un tríptico. Y allí me sentí artista. Después nunca tuve dudas.
Aunque en esa época decir eso era medio bajón, pero yo lo decía.
Cuando empecé a experimentar con nudos, lo ligué con algo que cuenta
una artista japonesa, y es que Turner, en una tormenta que está
pintando, logra una perspectiva desde arriba del barco. Y tenía que
ver con algo que yo estaba haciendo en ese momento, que era ver las
cosas desde otro lugar, como cuando estás suspendido. Y pensaba
también los contactos con los nudos que hacen los marineros. ¿Qué
tipo de práctica había que pudiera transformar o intervenir en el
cuerpo sin dañar?, me preguntaba. Fue algo casual: le puse un suéter
mío a una pintura; entonces era un cuerpo que pasaba a ser una cosa,
y eso me atraía. Atar. Lo googleé. Empecé a buscar y llegué
rápidamente a prácticas S&M. Y ahí hago unos dibujitos pensando en
cómo suspender las pinturas, hasta que llego a un boceto. Me
encuentro con un trabajador sexual y le muestro el boceto y le digo:
“Yo quiero aprender a hacer esto”. Y él me dice: “Poné los brazos
así”, y empieza a atarme. Empezamos a practicar juntos. Después
apareció alguien que tenía un barco que dijo: “Uy, son muy perecidos
a los que hacemos en navegación”. Tuve la oportunidad de hacer un
viaje, y ahí me puse a pensar en todos los lugares del mundo que me
gustaban para ver el recorrido de esos nudos. Empecé en Japón pero
no con los grandes maestros del shibari, después en el Museo del
nudo en Londres, y después en Perú, con los quipus. De donde me
crie, ahora lo pienso, lo que hay es el mar.
Montaje de María Moreno